Hace seis años, un día como hoy casi me quiebro y vuelvo a fumar. Me había llamado mi hermano muy temprano y ya no pude volver a dormir. Me volvió a llamar al mediodía y salí de raje al sanatorio. Polo alternaba entre una bola de nervios y una bola de estambre; se desinflaba entero y se tensaba en una nada de segundos, y yo vine a caer justo para trabajar de frontón. En un momento se paró decidido y fue a encarar a los médicos. Gesticulaba y señalaba en todos los cardinales posibles, y al rato volvió mansito y al borde de pucherear.
- No me dejan entrar porque es cesárea.
Ni una hora después desembarcaba la sobri. Pasaba de la una, y como de costumbre hacía calor. Al ver que no lo llamaban, que nadie le avisaba nada, la foto del día fue mi hermano parado contra la puerta de neonatología golpeando corto y repetido con una moneda de cincuenta, hasta que les ganó por cansancio a las enfermeras y no tuvieron más remedio que dejarlo pasar. Y como cintura me falta y andá a cerrarme la puerta en las narices, la tita Romu se coló por detrás. La sobri tenía más boca que cabeza, lloraba como un desquicio de amor, y sólo se calló y abrió unos ojazos grandotes cuando mi hermano le agarró una manito, y con una voz que no le había oído nunca le susurró al oído "¡Bienvenida, bebé!" Yo estaba que quería besar a la enfermera, raptármela a la gorda, abrazarlo al grandote pavo, y hasta mi ex cuñada me empezó a caer bien. De golpe hubo un silencio sagrado, y no aguanté más y salí como para fumarme al mundo envuelto en papel crépe.
Hoy la mocosa tardaba en soplar las velitas, y yo que soy tonta para las emociones la apuré.
- He pensado un solo deseo, tita. Todavía me faltan dos.
Hoy ha sido uno de esos días en los que ni hace falta mirarse. Un espejo de los mejores días que me han tocado vivir.
| Romualda, Viernes 23 de Abril de 2004 |