El nene ve lo colore


Tuvimos una charla con el nene, y no sé cuál de los dos quedó más de cama. Hay un momento en que la vida de los hijos empiezan a ser más cosas que una no conoce, que las que el chico te cuenta.

Lo que nunca había tomado en cuenta, es que del otro lado de la mesa es peor. Para el nene yo soy nada más que una mamá. Y para peor, suya. No su mamá. No: Mamá y suya. Y ahí se acabaron las coordenadas del universo Romu.

Y como yo ignoraba ese detalle, lo invité a tomar un café y me puse a charlar.

Me apuro ya mismo a aclarar que no creo en esa tontera de que los padres tenemos que ser amigos del los hijos. El que escribió eso, o es soltero y anda al cuete por la vida, o tiene un pedo más negro que noche con velorio. Yo no puedo ser amiga de un pichón de hotentote sobre el que adjunto responsabilidad legal, a quien de tanto en tanto tengo que zamarrear para centrarle la gravedad en su punto justo, y al que debo que mostrarle todos los enchufes de la vida en los que no hay que meter los dedos.

Pero así y todo, necesitaba hablar con mi sangre más cercana, y contarle algunas cosas.

Los ojos de ping pong y una mudez creciente: esa fue la tónica de la tarde. Yo iba subiendo el nivel de mostaza, y para peor el chico se daba cuenta, y a lo trabado que estaba se le empezó a sumar el alerta de chirlo. Estaba tan tenso, que hubiera podido colgarle encima la ropa recién lavada, o usarlo de xilofón.

Y yo, por mi parte, y de un modo totalmente inconsciente, pisé el acelerador. Como no encontraba por dónde entrarle a semejante dureza, me puse a darle vueltas manzana alrededor, y lo que iba a ser una puesta al día informativa acabó en un deschave sin retorno ni últimas fronteras.

Después me callé de golpe, y nos quedamos mirándonos. Él, entre aterrado y curioso de que esa cosa que acababa de bajar de un plato volador y se le había sentado al frente era su madre. Yo, desde un lugar equidistante entre el alivio y el arrepentimiento. En el medio, un silencio que no sabía dónde esconderse.

Y así, sin saber cómo salir de ese baile, nos metimos sin querer en medio de la noche.

Le hice señas al mozo para pagar, y justo en ese momento, una mano que nunca me acostumbraré a que crezca se me apoyó en el brazo.

- Dejá, mamá. Invito yo.

Y me regaló la primera sonrisa de adulto que le vi a mi hijo. Todavía estoy temblando como una adolescente.