La esperanza en el andén


Crecí mudándome de barrio varias veces. No tengo recuerdos de uno en especial al que pudiera considerarlo como mío. Hay una niebla borrosa y habitaciones donde se armaban y desarmaban cajas, hasta que acabamos en un último lugar, en la periferia urbana. Un barrio con el cielo de metal y gente que ya nacía triste.

Pero siempre tuve la casa de mi abuela. Todavía está ahí, como cuando era chica y el verano era algo para meterse adentro y hacerle cosquillas a las cosas. Jugábamos a la escondida en las veredas, detrás de los árboles; cansábamos la tarde en bicicleta a fuerza de dar vuelta a la manzana; nos agarraba la noche como si el día no hubiese sucedido.

Mi abuela y los vecinos salían en reposeras a la vereda. Dejaban la luz de los zaguanes prendida y conversaban a través de la calle sin necesidad de levantar la voz. Los chicos ligábamos palmeritas, bocaditos de sobremesa, galletas boca de dama, en una ronda distinta a los dos o tres mates circulantes según el gusto en cuestión. Había uno amargo - ¡no se te vaya a escapar ponerle azúcar al marroncito! - otro dulce, uno con cascarita, y los tres iban y venían como las naranjas con las que los malabaristas del desempleo juegan en los semáforos de la ciudad.

Eso era siempre, feriados y días de semana. Un rito mantenido con la fuerza de aquello que se sabe que no volverá.

Después cada uno migraba para adentro, recogía las banquetas y los yerberos, y se iba tendiendo un mantel de silencio, soplado sólo por una vibración. Empezaba en un escozor de las hojas del patio de luz, seguía en el temblequeo de los vidrios cortados de la medianera, y se hacía grande en el piso, las paredes y la araña del comedor.

A eso de las doce pasaba el tren.

Las vías estaban a una cuadra de la casa, y ahí donde iban a morir los petardos que sobraban de año nuevo, por la noche se deslizaba una maquina larga y poderosa, con aliento a utopía y libertad.

Cuando nos agarraba en la vereda, yo me quedaba embobada mirando pasar al tren, hipnotizada como nada más volví a estar en las hogueras de la adolescencia y cuando la partera me entregó al nene y lo tuve en mis brazos por primera vez.

El tren pasaba hacia allá. Iba apurado hacia la vida, con las luces prendidas y coche comedor.

Un día que me vio quietita ahí, como una nube de sueños, mi abuela me apoyó las manos en los hombros, y se me quedó parada atrás.

- Vos vas a ir ahí ariba, Romita. Un día vas a irte lejos y me vas a mandar una postal.

Yo aprendí a leer señalando las letras despintadas del Estrella del Norte. Eso me han dicho. Y si así no ha sido, elijo que haya sido así.

Ahí empezó mi viaje, el único que a esta altura me importa. Mi primera literatura fue un letrero de trenes.

Cuando los trenes eran argentinos, como los mejores libros del mundo. Y nuestros libros, una zona liberada. Una tierra de utopía y libertad.