La paciencia en el umbral


Yo solía creer que la espera era pasiva.

Me agarraba una furia impostergable si me dejaban amansando más de quince minutos. Esa empezó a ser la norma: más de quince minutos no espero ni la reencarnación. Incorporé siempre un libro o una revista por si acaso, y nunca los llevé de regreso a casa sin abrirlos.

La gente impuntual me saca. Me saca de quicio, me saca de las casillas, me saca de mi parquedad habitual. Hecha como estoy a que me dejen pagando, jamás llego a los sitios antes de la hora que fijé. Nunca me vas a encontrar en un lugar quince minutos antes, porque esos quince minutos se suman a los que por regla voy a tener que esperar antes de irme.

Lo de hoy, lo de ahora es una excepción. Una excepción que me saca de los nervios, de mi ritmo cardíaco, y hasta de mi trabajo me sacó antes de hora y con una excusa cualquiera. Lo de este momento, lo de ya, es una forma hiperactiva de esperar que no recordaba, pero alguna véz trasegué.

Ya estoy grande para estas cosas, estos bares a trasmano y a escondidas. Ya estoy vieja para teclear un texto corto, redundante y de apuro en un cyber, como quien tira una botella al mar por si ésta que soy hasta ahora yo, no volviera a saber jamás de mí.

Ya no estoy en edad de vibrar en el ala de una libélula cuando esta mano se apoya en mi hombro, aterrizando desde el fondo de una travesía personal, y yo deseo que se quede ahí y no levante vuelo nunca más.