Mi papá


Cuando mi papá murió, estábamos peleados. Tenía una enfermedad que lo comía vivo, se hacía el tonto con las consecuencias, y se había ido a vivir con una gente de terror.

Nos despedimos antes de su operación en la mesa de un bar que ya no existe. Lo visité en la habitación del sanatorio, donde entre narcotizado y demolido, todavía hacía planes como si al día siguiente se fuera a levantar.

Me fui de ahí hecha mierda, y no quise volver. No entendía - a lo mejor con los años llego a comprender - por qué ese hombre curioso, inteligente y sensible, había elegido un plano inclinado para abajo, una degradación que lo llevó a acabar los días rodeado de buitres, en medio de un basural.

Cómo lo quise a mi papá. Qué cacho de vida a contramano.

Por esos chistes de la existencia, cumplíamos años el mismo día. En alguno de mis cumpleaños, él me empezó a deber los regalos, y al cumpleaños siguiente, yo también se los empecé a deber. Nos llamábamos por teléfono, cariñosos, con una fórmula que se fue haciendo de rigor "Felicidades a vos también. Te debo el regalo para el año próximo".

A partir del divorcio, su vida que ya era un despelote, se volvió inverosímil y todos fueron platos por lavar. Es triste, pero lo he comprobado: cuando mi papá murió, dejó de sonar el teléfono trayendo la mitad de mis problemas.

La mugre que lo rodeaba en sus últimos momentos no quiso que yo me enterara de su muerte, y llegué al entierro sobre la hora, gracias a una vieja vecina que se escapó del velorio y me vino a avisar.

Desde entonces ha pasado un tiempo largo, y seguimos en un pacto que parece inmortal. Yo no voy al cementerio, y el día que los muertos vienen a mi casa, él tampoco se digna a aparecer.

Y así estamos, todavía.

Mi papá muere dos veces en el calendario de mi vida. El día que murió, y el de nuestro cumpleaños.

Cuando estoy soplando las velas, y son los tres deseos, siempre termino pidiendo por el alma de mi papá.