Todo lo sólido se cae que da miedo


No sé nada de mi nene. Hace dos días que no me habla. Nada más contesta, y sólo si le pregunto por segunda vez.

Por un lado lo entiendo, es normal. Pero por otro lo mataría. No es ningún bebé, che. Ya es boludo viejo. Pero no: parece que los hijos son grandes nomás cuando necesitan plata o que la novia se quede a dormir. A mí que me parta un rayo, siempre y cuando le ponga la comida en la mesa, y le tienda la cama y le lave la ropa.

No lo quiero buscar tampoco porque me late que así como vengo, la cosa termina a los gritos, o a los llantos o las dos cosas juntas.

Y yo ni lloro ni vuelvo a gritar.

Se van todos a la reputísima madre que los recontra parió, pero se echó la burra y acá no se sufre más.

Y agrego: al párrafo anterior lo escribo en un papel y lo fijo mañana mismo con imanes a la puerta de la heladera.