Cuando yo empecé esta historia de escribir una especie de diario, internet era un lugar donde los tipos de la oficina miraban porno en horas de trabajo, y mi nene conversaba con las novias en trescientas veintisiete variedades de monosílabos.
Un día, por casualidad, descubrí que una vecina estaba haciendo punta en esto de guardar su historia personal en el lugar menos privado del mundo, y yo que soy una caradura también me animé.
Bueno, lo demás es historia conocida, y está guardada en estas páginas.
Salvo que un día recibí un mail.
"Romu, en Agosto estaré por tus pagos, así que espero tomar la Estrella del Norte y conocerte."
Casi me caigo de culo. ¿A mí? ¿Toda una señora quiere conocerme a mí?
No le dí demasiada importancia, pensé que era una joda, pero por cortesía le mandé mis datos.
Y anteayer sonó el teléfono.
- ¿Romu? ¡Soy yo! ¿Te acuerdas? ¿Quieres que nos encontremos y nos conozcamos?
Esta vez me caí de traste en serio, pero sobre el sillón, y repuesta de la sorpresa conversamos un buen rato.
A la tarde nos juntamos en un bar, y aunque yo creía que iba a ser de té con masas, terminamos entrada la noche tomando café como dos turcos y riéndonos a carcajadas en voz alta.
Es que con Bea no puede ser de otro modo que así.
Bea es una señora inquieta, de ojos como dos pozos de cielo, que nomás conocerte, te pregunta "¿Se puede ser feliz en este sitio? ¿Eres feliz, Romu?"
Y yo, que por mucho menos que eso o muestro los dientes o me largo a llorar, me sentí tentada a la confidencia y a la amistad, y hasta la llevé a la sobri a que la conociera antes de despedirnos.
"¿Quién podría no decir que somos amigas ¿eh?" me preguntó con una sonrisa de profe que quiere averiguar de qué se trata el mundo, pero de qué se trata en serio, momentos antes de subirse al taxi que la iba a llevar a la estación.
Así que volví, la acosté a la nena no sin negociar cuántos cuentos había antes del sueño, y me senté a escribir, todavía envuelta en la emoción.
Yo que no soy lo que se diga alguien social, y de por sí bastante corta de genio, resulta que ahora tengo amigos que un día se te descuelgan por la autopista de la información, te preguntan qué omnibus tomar para llegar a tu casa, y con los que a poco de arrancar, resulta que los conocías desde siempre.
Así que mirá vos. Siempre fuí nada más que una gorda provinciana, y resulta que ahora soy una mujer del nuevo milenio.
Buen viaje, Bea. Vuelve pronto.
| Romualda, Miércoles 18 de Agosto de 2004 |