Descalzos en la lluvia


- He visto vacas con miradas más profundas que la tuya, che - busca Clarita la manzanilla en la alacena. - Y pavos, para qué te cuento.

Afuera hay sol y brisa. Debe estar lindo para andar en bici rumbo a ningún lado.

- ¿Te das cuenta? - apaga la hornalla ni bien la pava empieza a silbar. - Meto la palabra vaca en una comparación con vos, y nada, no reaccionás. En otro momento ya estaría volando vajilla.

- No abusés de tu suerte, Clari - sí, debe estar lindo para perderse en el parque en dos ruedas. - Todavía estoy a tiempo.

- A tiempo estás de contarme todo, a menos que quieras que te revuelva la casa.

- No hay nada que contar, che. - Abro la ventana y apago el ventilador. - Mirá qué día hace afuera...

- ¿Vos mirando afuera, naturaleza, aire? - me mira con ojos de topo astuto. - Uy Dios. Es más denso de lo que pensé.

Llevamos la bandeja con el té y los scons al balcón, y nos sentamos a aprovechar el aire que corre, inesperado, en medio de tanta solana.

- ¿Apareció? - vuelca Clarita el agua sobre los saquitos, así, como quien no quiere la cosa.

El cerro resplandece como un perro recién bañado.

-Sí.

No tarda mucho el fresco en descender un poco más la temperatura, el cielo en nublarse, y en aparecer llovizna. Mejor.

- ¿Y ahora, gorda? - me sonríe de oreja a oreja, totalmente descarada. - Y ahora ¿qué hacemos?

La tarde nos da en la cara con unos alfileres de agua, que parece que nos regaran con aspersor. No sé si no prefiero esta humedad.

- Ahora me pasás una masa y te callás a boca - doy un sorbo a la manzanilla dulce. - Ahora no me hacés preguntas difíciles.