El sello del final


El silbido de la pava, que por lo general me irrita, hoy es una ayuda.

Me pasé la noche en vela tratando de escribir, así que ya podrán imaginarse.

Primero arranqué componiendo un largo mail, que por la mitad me pareció pomposo y aburrido, y además la Times New Roman me pateaba como caligrafía.

Cerré la compu y bajé de la parte de arriba del armario la olivetti verde, y un sobre manila con carbónicos viejos. El ruido de la máquina, la materia tecleada en el papel tenía que ser mejor augurio, debería ponerme más cerca.

Y no. Una bolsa de la feria llena de bollos de papel está ahí probando lo contrario.

Así que la emprendí a mano limpia y ya eran casi las cinco de la mañana. Y tampoco.

Claro: no era un problema de soporte, sino la vieja razón por la que nunca voy a escribir una novela: hay que tener algo para decir, a la vez sólido y flexible, como para estirarlo y que no pierda forma.

Entonces agarré la última hoja que me quedaba y escribí en el medio:

Lo que no tiene presente no tiene futuro.

Lo firmé, lengueteé el sobre y lo cerré de arrebato.

Y ahí está, mirándome con su cara blanca y chata desde la mesa del comedor.

Esperando que escriba nombre de destino y remitente, mientras yo me sirvo el primer mate de este día que amaneció nublado, y en el que no va a llover.