Escribo esta carta porque me da verguenza que recibas la original, tan amarilla y ajada. Eso pasa con las cartas que no se envían, que se posponen, que se dejan para el día siguiente, y se traspapelan o se cargan para siempre como una joroba del alma.
No sé por qué no la mandé. Es jodida la memoria cuando quiere, pero no me acuerdo casi nada de esos días. ¿No te pasa?
Por ejemplo ¿quién se fue primero? ¿Fuiste vos o fui yo el que se levantó y caminó derecho sin mirar por encima del hombro, y siguió caminando hasta que el otro no fue ni un puntito borroneado?
Ya no importa, Romu. El tiempo es un buen nivelador de tonterías, y pone las cosas en su lugar exacto.
No hace falta que te cuente de mí, en estos últimos años; sé que sabés. Yo también te he seguido. No vamos a jugar, entonces, a las preguntas que incomoden.
Lo que sí: ahora te sigo más de cerca. Basta que hagás una seña, para que me aparezca en carne y hueso, y me tengas a la distancia más cercana.
De esa medida no me olvido, Romita.
Forma parte de ese sistema métrico decimal propio que alguna vez inventamos.
Un pedazo de nuestro mundo aparte.
Un beso,
de ya sabés quién.
| Romualda, Miércoles 08 de Septiembre de 2004 |