- Mi estimada Romualda, lo de usted es tan claro que en otro contexto hasta daría risa - el Doctor Robinson me mira desde atrás de sus anteojos con culo de botella y su aliento a viudo. - Pero si arranca con ese rictus me dificulta el análisis.
- Y yo le juro que si se me ríe, le voy a dificultar hasta la masticación - le pongo mi mejor cara número cuatro. - Vaya al punto y déjese de franela.
- Qué curioso, qué curioso - cruza los dedos y achina los ojos. - A ver, desarrólleme eso de "franela".
- Franela es lo que usted está haciendo conmigo ahora - me le acerco, muchos dirían que peligrosamente - da vueltas para que pase la hora y me contesta preguntas con preguntas.
- Qué extraño, qué extraño, qué rara coincidencia - me escruta, amenazante como el peligro amarillo - las preguntas la incomodan y la remiten a la franela... muy interesante...
- Doctor, como siga en esa tesitura le voy a interesar el omóplato desde acá, y usted me conoce.
Parece que efectivamente me conoce, porque acto reflejo se recuesta en el respaldo del sillón.
- Mire, mi estimada Romualda - se pone didáctico. - Se lo voy a tratar de poner claro, y hasta diría prosaico: la vida es una mortadela.
Sí; no se puede negar que me conoce. Me tocó la fibra íntima.
- Usted agarra la mortadela y le saca una feta. Esa feta es el presente. Usted está en ese presente, y lo abarca.
Hace como un círculo con los brazos. Me mojo de jugos gástricos, que lo tiró.
- Pero ahora ingresamos en el área de metáforas. Usted se para en la feta, cava hacia abajo, hacia la mortadela profunda, y se siente mal. Eso se llama depresión.
No me va a hacer llorar. Aunque me muerda el paladar no le lloro en el consultorio.
- Ahora bien. Usted perfora en sentido contrario, se mete hacia arriba en la mortadela, y eso es alegría pura de vivir.
Qué novedad que el fiambre sea alegría. ¡Y encima le pago!
-Pero el problema, mi estimada Romualda, no es hacia dónde va a cavar usted - gesticula enigmático. - A usted lo que la atormenta es este presente que se le aparece inmenso, inapresable.
-¿Usted se refiere a la mortadela?
- No, yo hablo de la carta.
Si las miradas pudieran matar, de seguro lo harían.
- Por qué no me habla un poco más de la carta.
- Porque no.
El doctor Robinson se levanta de su sillón, va hacia la biblioteca y abre el gabinete de abajo. Saca un frasco con bolillas y me lo muestra, como si hubiera descubierto el hielo.
- En esto le ha convertido esa carta su presente, Romualda.
Le desenrosca la tapa y lo da vuelta. No deja de sorprenderme el estruendo de las bolillas rebotando en el parquet y desparramándose con furia en todas direcciones.
- En algo desmadejado, por completo inmanejable, y en que además no sabe por donde empezar.
La última bolilla termina de rebotar abajo del escritorio y se queda junto a la pata del sillón. El doctor Robinson mira su reloj.
- La seguimos en la próxima.
Me levanto despacio, salgo del consultorio y me voy caminando como zombie hacia la puerta de calle. Me cruzo con la secretaria del doctor Robinson, que trae una palita de residuos. Me mira con cara de poco futuro y menos amigos. Cuando estoy saliendo, no puedo evitar escucharla entrar al consultorio:
- Sí, doctor, todo muy lindo. Pero la que termina juntando soy yo.
| Romualda, Lunes 13 de Septiembre de 2004 |