Me levanté temprano a la mañana, cuando las primeras luces me cachetearon la cara. Había pajaritos y todo, y yo en bolas, envuelta en una sábana, como en un folleto de new age, pero bizarro.
Me metí corriendo adentro, me lavé los dientes, me di una ducha y me tiré a leer. Pero no hubo caso. Es al vicio: eso del año sabático son puros cuentos.
Cuando estoy tironeada por la comida, la plancha, la cocina y el trabajo, saco tiempo de donde no hay y leo aunque sea un ratito. Aprovecho hasta los tiempos muertos. La cola del banco, el viaje en ómnibus, el baño o los refrigerios.
Pero cuando no tengo con qué lidiar, no puedo por más que trate. La nada llama a la nada; qué se le va a hacer.
Y sin querer se me fueron colando reflejos de la rutina: chequeé el polvo de los muebles, me fui a la cocina a curiosear.
La verdad es que los chicos se portaron; la casa estaba más o menos limpia, y la heladera provista.
Y además había un freezer, con carne como para alimentar un cuartel. Se me prendió la lamparita ¿por qué no?
Me mandé al fondo, y efectivamente, había una parrilla. Le pasé papel a los hierros, saqué la ceniza y las hojas acumuladas, y de la puertita de abajo, una bolsa empezada de carbón.
Del freezer aparté una tira que me pareció suficiente, un vacío generoso y un par de chucherías más. Abrí la ventana y dejé que se fuera descongelando, prendí las brasas, en fin. Nada del otro mundo.
Me reía sola para mis adentros. Cuando un tipo (hombres no hay) te quiere impresionar, y te dice levantando una ceja sobre lo bien que cocina, de inmediato la embarra dándose dique como asador.
¡Gran cosa!
¡Típico del género que orina de pie! ¡Sacar chapa de cocinero en un plato que consiste en tirar un cacho de carne encima de unos fierritos y dejar que el fuego se encargue del trabajo!
Dejé que el carbón fuera ardiendo a su gusto, que la carne abandonara su ostracismo de hielo, y ahí sí, con la cabeza ocupada recién pude leer. Entre mirar la carne y moverla cada tanto, distribuir la brasita para que ardiera pareja y el policial que tenía entre manos, la mañana se me fue volando.
Decidí comer afuera. Armé caballetes, tablón, puse una ensaladita, y cuando el olor de las achuras me extorsionaba la pituitaria, sentí quejarse las piedras del camino, y una bocina sonó con un cantito que yo conocía de lejos.
No sabía si largar la carcajada o putearla a Clarita por algo que seguro llevaba su firma al pie.
Se abrió la puerta del auto, y lo vi descender, con la sonrisa a flor de labios, una botella de vino en una mano y una rosa amarilla colgándole en la otra.
Qué clásico de los tipos. Siempre caen justo para la hora de comer.
| Romualda, Sábado 30 de Octubre de 2004 |