Café con aroma de problema


Después de comer torta, la Leti hizo café. Ahí me asusté en serio. En el único lugar donde gente inimaginada te sirve café, es en los velorios.

- Mamá, queremos decirte algo - arrancó el nene. A mí me empezó a temblar, del hombro para abajo, todo lo que tuviera terminaciones nerviosas. Del cuello para arriba, lo demás me iba a explotar.

- Por favor, sé suave, sé gentil, no me lastimes.

Jamás pensé que iba a terminar diciéndole esas palabras a un hombre, y que ese hombre iba a ser mi hijo.

El nene se quedó a medio camino entre encontrar la punta del ovillo - lo veía mover los labios en silencio, como cuando estudia - y un jugueteo nervioso con las manos. Como siempre, tuvo que venir una mujer para aclarar las cosas.

- Queremos vivir juntos, doña Romu. - me miró de frente la Leti, y en la pared de esos ojos entendí que era cosa juzgada.

Revolví el edulcorante, y dejé que la cucharita diera unas cuantas vueltas más de lo necesario, para que mi vida, que empezó a pasarme por delante, se hundiera de una vez en el remolino oscuro.

- De cuánto estás, Leticia. - me sorprendí tranquila, abandonada. - Para cuándo esperan.

El nene abrió los ojos grandotes y brillantes, como cuando era chico, un nene de verdad y a mí se me iba la mano en alguna reprimenda. Me puso los ojitos de "¿Por qué, mamá?", y yo quise que la tierra me tragara.

- De nada, doña Romu. - sorbió la Leti su café en la parsimonia con que las leonas empiezan su proceso digestivo - No estoy embarazada.

Me volvió el alma al cuerpo, pero ya era tarde. Un cansancio de años se me instaló en los hombros. En pocos minutos la vida me sacó una vuelta.

- Primero queremos disfrutarnos un poco ¿no le parece? - me sonrió, como un oficial de justicia que trata de hacerte más llevadero el embargo - para lo demás hay tiempo.

Hecha una cáscara como estaba, lo único que me funcionaron fueron los reflejos. Levanté la mesa para llevar las tazas a la cocina, y cuando iba en camino me dieron el golpe de gracia; escuché mi ábrete sésamo.

- Además, Lucio tiene que terminar primero la carrera.

Dejé que el agua y el detergente me corrieran por los dedos, apretando la esponja como si quisiera hacerla confesar. Por fuera sonreía, y por adentro no sé. Pero me duró poco.

- Yo también tengo algo que decirles - los encaré, secándome las manos. - Más que algo, alguien.

Se quedaron quietitos y duros, como siempre me va a gustar verlos.

Aproveché el silencio - que duró hasta la noche - y me fui dormir la siesta.