Desde que volví del cerro, acá pasa algo raro.
No sé muy bien qué es, no podría definirlo, todavía se me escapa.
Pero yo no me chupo el dedo, y aquí hay algo raro, muy raro.
Para empezar, me vine haciendo mantra durante todo el viaje, porque ya me imaginaba el despelote que iba a recibirme después de unos días afuera. Venía resignada a pasarme las peores cuarentaiocho horas de mi vida, limpiando y acomodando todo en su lugar.
Y estaba tan pero tan predispuesta a encontrarme la casa dada vuelta, que cuando entré y vi todo en orden, lo primero que pensé es que estaba vacío porque me habian robado.
Pero cuando caí en la cuenta de que no faltaba nada, de que todo estaba limpio y ordenado, fue peor. ¿Desde cuándo yo me voy y esto no se derrumba? Desde nunca. No recuerdo un miserable precedente.
Lo segundo que pensé, entonces, es que me había equivocado de departamento. Miré la letra en la puerta, y no. ¡Era el mío!
En fin. Que me senté para acostumbrarme a la idea, inspiré bien hondo, y ahí me dieron el golpe de gracia: rico olor.
Pero no rico olor de producto de limpieza o desodorante de ambientes, o esas cosas. ¡Rico olor viniendo de la cocina!
Me acerqué despacio por miedo al infarto. Así como me ven, yo no soy de soportar emociones fuertes y mucho menos así de seguidas.
Adentro estaban el nene y la Leti, tanteando con un tenedor algo de adentro del horno, que parecía bizcochuelo. La Leti consultaba en el libro de cocina y le daba indicaciones, y el nene le daba el parte de lo que iba sacando del horno.
¡Ay, mi Dios!
Y cuando crei que el corazón no me aguantaba más sorpresas, lo veo al nene perforar la punta de una bolsita de plástico rellena, y con su caligrafía de estudiante de artes que empieza a escribir con crema "Bienvenida mamá".
Me fui al balcón a respirar smog a bocanadas, porque de puro tonta no paré a comprar cigarrillos.
| Romualda, Sábado 13 de Noviembre de 2004 |