Clarita me terminó enganchando en una de sus brillantes ocurrencias, y acabé con un celular en la cartera."¡Es lo más, Romu! nos compramos un pack de dos por uno y somos como hermanas de sangre pero inalámbricas, ¿entendés"?
Medio que si quise opinar ya era tarde, y cuando menos me di cuenta, tenía en la cartera otro electrodoméstico que vibra.
El caso es que nos íbamos al cine, porque si no nos cambiaban la cartelera, y en lo que venía bajando, el ascensor se me paró entre el primero y el cuarto, que es zona de oficinas; o sea pura pared. Me vino una desesperación de película japonesa con dinosaurios, que no me quiero ni acordar.
En esos casos hay gente que ve pasar toda su vida por delante. Yo veía pasar la próxima semana del portero, del service, de la inmobiliaria, del organismo municipal correspondiente y de la madre que echó al mundo a tal parva de imbéciles, cuando en medio de semejante inventario la cartera me empezó a sonar.
Y yo que creía que jamás iba a aprender a mandar mensajes con estos aparatitos.
No quería ni transpirar para no correrme el maquillaje, ni sentarme en el piso cosa de no arrugar el dos piezas. Cada vez que sentía al ascensor de al lado moverse entraba a gritar cosas que prefiero olvidar, a ver si alguno se avenía a socorrerme.
Alguien me gritó desde un piso de arriba "¡aguante señora estamos probando las puertas!"
Sí, sentía portazos en todos los pisos, pero la caja ésta seguía más quieta que los últimos años de mi sueldo.
De golpe el ascensor se sacudió y empezó a bajar como si nada hubiera sucedido. Me senté en el umbral a esperar a que Clarita llegara para ir por lo menos a una confitería a ver si conseguía relajarme.
No sé qué cara habrá puesto la mujer del portero cuando tuvo que abrirle a
Qué pena no haber estado para verlo.
| Romualda, Jueves 17 de Febrero de 2005 |