Tanto joder, tanto abusar, al final la cama se rompió.
Antes de sentarme a escribir esto, estuve parada en el marco de la puerta, mirándola un buen rato. Así, con el colchón arrumbado contra la pared, las sábanas apiladas a la que te criaste contra el piso, y la dentadura del elástico roto, mi dormitorio parece el baldío enorme de una tragedia menor.
En el colchón no, pero en esa cama concebí a mi hijo.
Era la cama de mi madre, y el escenario de un desvarío a la siesta con un casi apenas conocido, que derivó en compañero de ruta por un mal melodrama de juventud.
En ese rectángulo que domina la pieza no sé si he disfrutado o he llorado más.
Sí sé que es la cosa callada que más me conoce en esta casa, y apenas pienso que tenga que cambiarla me vuelve a recorrer el escozor.
No me gustan los cambios, los detesto. Voy dejando pedazos míos en las cosas que elegí que se quedaran a mi lado, y no veo razón para perderlas. No estoy en las especies diseñadas para cambiar la piel, y cuando algo parecido pasa , la carne se me parte en dos.
No sé cómo voy a hacer, y si me quedaré quieta en una punta, pero le debo una noche más. La última.
Rotas como estamos las dos, bien podemos compartir una despedida silenciosa.
Son de terror las ceremonias definitivas. Pero peor es dejarlas pasar.
| Romualda, Viernes 04 de Febrero de 2005 |