Grislandia


Harta de que la mocosa se ponga a jugar con la puerta del ascensor, no me quedó otra que contarle mi odisea del otro día. Lo venía evitando para que no le agarre pánico y me obligue a subir y bajar por escaleras, pero al final tuve que recurrir a lo único que surte efecto: asustarla.

- ...Y me quedé casi media hora encerrada en el ascensor con una pared enfrente, por un irresponsable que se puso a toquetear la puerta, igual que vos.

- ¿Y no te mareaste? - no me hace el menor caso, como corresponde.

- ¿En el ascensor? - Abro las puertas y chequeo con sumo cuidado cómo las cierro, no vaya a ser cosa de que el rayo caiga dos veces en el mismo lugar - No, el ascensor no me marea.

- No, yo digo parada viendo siempre al frente el mismo color en la
pared. – hace muecas frente al espejo, morisquetea de lo lindo – Cuando mirás mucho de un mismo color, te marea.

Se me para enfrente mientras bajamos y me mira con dos ojazos muy didácticos.

- Por ejemplo supongamos – y subraya el supongamos con un silabeo docente – así como vos siempre me decías supongamos, que haya una ciudad toda pintada de gris: Grislandia.

- A ver, contame eso de Grislandia – llegamos sin sorpresa a la planta baja, y esa ciudad de golpe me despierta un atractivo turístico.

- Grislandia, o cualquiera, con todo gris: las casas, los autos, los perros. Pero la gente que vive ahí es de todos los colores ¿Entendés?

- Te sigo, te sigo -  la trato de seguir – ¿Y entonces qué pasa?

- Que la gente se marea. Y se van a otra ciudad de todos los colores.

Qué cosa. Ahora me explico mis malestares mañaneros. Toda la noche mirando un mismo sueño te tiene que marear. No, si los chicos son una cosa seria.

- Pero el problema mi querida – la trato de volver a la moraleja de hoy – es que cuando te quedás encerrada en el ascensor te agarra miedo,  mucho miedo de quedarte toda la noche ahí, y que recién al otro día el ascensor se mueva ¿sí? Así que no tenés que jugar con la puerta, porque podés jorobar a algún vecino.

La próxima vez que me mude, va a ser a una casa, con o sin patio. Grande o chica no me importa. Pero en planta baja. Le agarro con fuerza la manito para cruzar la calle.

- Y decime ¿Cuál es esa otra ciudad toda de colores?

Me mira con desencanto.

- Ay, tita. Ésta, cuál va a ser.

Qué divina. Justo a esta ciudad la ve llena de colores.

Mañana a la mañana me meto en una agencia y averiguo cuánto me sale una semana en Grislandia.