La hora de las brutas


- Romi, esta relación no va a ninguna parte.

Ya es increíble que un tipo después del asunto no se duerma. Imaginate que además le dé por la conversación.

- Perdón, pero esa línea me correspondería a mí. - me dí vuelta y me tapé hasta las orejas - Y ya ves que no la estoy diciendo.

- Ninguno de los dos se hace más joven, Romi - sentí el chasquido del encendedor, y durante un par de segundos se rompió la oscuridad. El humo la trajo de vuelta.

- Y por lo que veo, tampoco aprendemos a ubicarnos ¿no?

- Ahá - me moría de ganas de pedirle una seca pero el rumbo del diálogo me estaba sacando de mí. - Okey. Pero te aviso que esto de saltar de cama en cama a mí no me pone de buen humor.

- ¿Querés que te pida un taxi?

- ¿Estás dispuesta a que sea el último?

Después de eso, lo único que se movió fue la brasa del cigarrillo. Palpitó lo que dura un silencio incómodo, y al final se apagó, espero que en el cenicero.

No pude pegar un ojo. No me hizo falta.