Hoy justo que salía de la peluquería se largó a llover. Y se largó a llover con ganas, con muchas ganas de arruinarme el pelo, el trajecito y el presupuesto del mes.
Me di cuenta que estaba adentro de un bar, cuando el mozo me trajo el té y las Bay Biscuits, porque lo que es yo, ni me acordaba de cómo hice para entrar, y si corrí, salté o pisoteé a alguien para no mojarme.
Qué curioso como se te sale el animal en casos así. Meta tratar de barnizarte con algo de cultura a través de libros y Discovery Channel, y a la primera de cambio ¡zas! salta el instinto, te agarra del cogote y te hace hacer cosas que ni te imaginabas.
Un tormentón. El cielo se puso gris persiana, se desfondó, y las cinco de la tarde parecían las cuatro de la tarde de Noruega. Más agua caía y corría por las calles, con más fruición (cómo me gusta la palabra fruición) saboreaba la merienda.
Cuando me fui acomodando me di cuenta de otra cosa: estaba en el mismo bar que frecuentaba cuando iba a la facultad. La pintura era distinta, pero la disposición de las mesas estaba intacta, y en la de la izquierda, al lado de la ventana, estaba yo esperando a alguien.
Tenía puesta la cadenita de oro que me regaló mi mamá por el mejor promedio del secundario, y los dedos jugaban nerviosos con la medalla de un medio corazón.
No deja de llover, la tarde se solapa con la noche, y mientras me sirvo un poco más de té, estoy esperando allá, con el cogote estirado a ver si se lo ve venir desde la otra esquina. Pero nada.
Llamo al mozo, pago y salgo, tapándome el pelo con la carpeta y los libros, y no alcanzo a ver si de bronca o de puro rebelde salto y me meto en todos los charcos que hay desde acá hasta mi casa.
No hay mucha gente en el bar, y en la calle sólo faltan los patos. Pido en la barra el diario para hacer tiempo, y en ese momento lo veo entrar y sentarse en la mesa de la izquierda contra la ventana. Está hecho sopa. Se acomoda la melena que le chorrea por los cuatro costados, mira nervioso el reloj, y juega con una medalla de medio corazón.
Así pasa un buen rato, un rato eterno. Al final se levanta y se va. Lo veo caminar despacio, muy lento, como si quisiera desvanecerse en la lluvia.
Y al rato no lo distingo en la cortina de agua, sin contar con que los vidrios ya están empañados, y que no volveré a verlo nunca más.
Entonces se me hace un nudo en la garganta, lo llamo al mozo y le pido una porción de torta de chocolate.
Porque a mí estas cosas me hacen mal. Muy mal.
| Romualda, Martes 29 de Marzo de 2005 |