Bebidas del corazón


Entre esas formas de clasificar a las personas, que cada tanto aparecen en el Para Tí, está eso de que la gente se divide en dos: la del mate y la del café. Y yo soy del café.

Claro, es demasiado tajante dicho así. También me gusta el té, y distintas infusiones y menjunjes que van de la Coca Cola a la Hesperidina.

¿Pero a cuál de las dos necesitás aferrarte cuando empieza el día? Ahí está el tema.

Y yo que soy del café, hoy agarré y arranqué con unos mates.

La verdad que tuve que lavar el termo, porque de tanto tiempo que no lo cargo, casi termina juntando olor. Al mate lo raspé un buen rato con una cucharita por si las moscas, y a la bombilla la herví antes de usarla.

El caso es que al café le vengo restando azúcar desde hace años, y ahora lo tomo con edulcorante en polvo. Lo suelo cortar con un chorrito de leche, cuando me las doy de cheta le pongo crema, o una pizquita de cacao para darle otro sabor.

Eso sí: nunca pude tomarlo negro, como en las novelas policiales.

Y a los pocos mates que tomé en mi vida los tomé amargos. Que por otra parte dicen que es como se debe.

Así que hoy va a ser un día para acompañar con mate.

Por lo menos hasta que el reloj diga que son las cero horas y un minuto, y ya es veinticinco de marzo.