Cuando yo aparecí en la panza de mi mamá, mis padres atravesaban una etapa romántica.
Pero no de amor, cariño y esas cosas, sino del más pedorro folletín. Para darles una idea: jugaban al radioteatro. Las conversaciones derivaban en performances - qué moderna que vengo ¿no? - y las actuaciones terminaban sobre el colchón.
Como dirían los yanquis: yo era un accidente esperando suceder.
A mi papá le dio por ponerse trajes blancos y sombrero panamá. Mi mamá, según me contó alguna vez allá a lo lejos, usaba esos pollerones plisados de tela suelta, que se te acampanan a la cintura si los hacés girar.
A él se le dio por fumar habano. Como habanos no había y Cuba era mala palabra, se bajaba unos chalas que apestaban media ciudad.
Ella se ponía flores en la oreja y lavaba la ropa cantando boleros. El le regalaba orquídeas y por la noche la llevaba a caminar.
Se ponían apodos, a lo Oscar Casco. El la llamaba Romualda, ella le decía Luis Alberto. Un verdadero papelón.
¡Se hablaban en venezolano! El le decía, por ejemplo "Mamacita, ia iegué" Y ella le contestaba "Aparca el carro junto a la nevera, y luego aparca tus besos junto a mi corazón" Puaj.
Y más jugaban, más se daban manija. Y cuando algo se atrasó y yo aparecí de improviso, hicieron uno de esos pactos que no se pueden creer.
Sí, ese mismo. Si era nena, Romualda. Luis Alberto si era varón.
Y eso es todo.
Eso, y que en mi casa no se ven teleteatros. Están prohibidos de toda prohibición.
| Romualda, Jueves 03 de Marzo de 2005 |