Gotas de furia sobre mí


El gerente me encargó unos trámites y ahí va la Romu como una escolar, contenta de salir un poco al aire libre, como si por eso fuera a ser menos esclava.

Pero quiere la naturaleza, que está en todas partes y no tiene horario comercial, que se descuelgue del cielo una llovizna, de esa que al principio te gusta porque te hace sentir plantita debajo del rociador.

Pero de a poco el rociador, a base de insistencia, va trocando en un felpudo de agua que te ataca por los flancos como quien te envuelte, igual que si te rodearan cinco perros sacudiéndose después de un baño a fondo.

Así que empiezo a mover las manos como aspas de molino para que algun taxista gentilhombre se apade de mí, pero nada. Nada de taxis ni de nada por varias cuadras; termino remontando cinco en un viaje de un total de doce, hasta que pego un carterazo en el parabrisas de uno que queda libre para que no levante vuelo antes de que yo suba.

Demoro... no te cuento lo que demoro en una ciudad que no es Londres y parece que le agarrara el panic atack cuando caen dos gotas locas. Para resumir: que termino apelando de nuevo al recurso de la cartera golpeando el vidrio combinada con la mirada número 7 sobre el blindex de Rentas de la Provincia, y logro no sé si de pena o de ganas de sacarse la loca de encima, que me abran un minuto con algunos segundos después del horario de atención al público.

Vuelta a la calle y preparada para la la desventura: debería volver a la oficina con los papeles sellados antes de que cierren, pero no debe quedar ni el loro a esta hora y con esta lluvia.

Claro: cuando salí de mi casa esta mañana estaba nublado pero también seco, así que no les cuento el par de zapatos que acabo de arruinarme, e incluso sentí un tirón detrás de la pantorrilla en unas medias que tienen dos puestas, que francamente no quiero ni mirar.

Se arma semejante embotellamiento en el centro, del que parece que la única manera de salir es a bocinazo limpio, así que pago, me bajo esquivando un paraguaje improvisado tratando de no perder un ojo en el intento por llegar a casa, y allá voy, harta como una colegiala que no ve la hora de que suene el timbre de salida.

El ascensor está en mantenimiento y hay que subir por la escalera taitantos pisos. Parecen mil a esta hora y con el carácter con el que Dios me trajo a este planeta.

Así que cierro con llave y me recuesto a respirar varias veces, como me enseñaron los lamas del Discovery, cosa de relajarme antes de abrir los ojos y encontrarme en el medio de la mesa las flores con una tarjetita que dice "Feliz día mundial de la mujer".

Mi hijo me encuentra hecha un ovillo en el sillón grande, moqueando con un hilito de voz, y opta por meterse en la pieza y encerrarse por un rato largo, porque se nota que conoce esta casa y a su dueña, y no precisamente desde ayer.