Al principio el agua fue un alivio. Trajo fresco, bajó la la temperatura, atemperó la ansiedad, abrió las ventanas al sosiego.
Después, cuando el cielo fue cayéndose a pedazos y corrió caudaloso por las calles del centro, anunciando entre truenos que el mundo tendrá un final, miré hacia afuera y recordé que un día yo también voy a morirme.
Nunca me pasa, jamás pienso en la muerte. Sólo cuando llueve como llovió hoy, mañana, tarde y noche.
Vuelvo a cuando era chica, vacaciones y la cama del hotel, en una siesta en la que lo último que quería era dormirme. Trataba, pero no podía; insistía y era peor.
Y ahí me vino un relámpago como los de hoy, pero adentro de mi cabeza. Me puso blanco de golpe el panorama entero, y la palabra muerte apareció sólida por primera vez.
Mi abuela me encontró asustada y supongo que llorando. "Yo no me quiero morir, abuelita. Yo quiero vivir para siempre". No me voy a olvidar de esas palabras: fue la primera vez que pedía algo en serio.
Esa tarde no llovió, más bien hacía un sol para desmantelar lagartos. Pero así son los tornillos que ajustan nuestra historia y provocan los movimientos más inciertos.
Cuando llueve como la tormenta de hoy, me vuelve a aparecer en la cabeza el horizonte de la muerte. Y aunque me haya acostumbrado con los años, no deja jamás de estremecerme.
Después de esa siesta de la que ya no quedan memorias que no sea la mía, no he vuelto a pedir nada que me adelgace el pedido original, no sea cosa que me agote el crédito.
Hoy, mirando los ríos pasar bajo mi balcón, sin una anciana que acaricie mi cabeza, me he pasado el día pensando en una sola cosa.
Yo no me quiero morir. Yo quiero vivir para siempre.
| Romualda, Jueves 10 de Marzo de 2005 |