Una coz en el teléfono.


Llegué a casa como si me hubiera pasado por encima la aplanadora del coyote de los dibujitos. Así que apagué la luz, prendí unas velas y puse el disco ese de Elvis Costello donde canta suavecito. Me tiré en el sillón a que la penumbra me curara los ojos, y como cuando estás barriendo la vereda y se larga un viento de polvo, justo en ese momento sonó el maldito riiing riiing.

- Hola

- Che ¿qué pasa? Te estoy esperando

- Esperá sentado nomás.

- ¿Perdón?

- Que de acá no me mueven ni con una grúa.

- Perdón, ¿Con qué número estoy hablando?

- Depende ¿Con qué número querés hablar?

- ...

- ...

- Uy, qué cagada, disculpá, seguro que me equivoqué.

- Yo también, no te preocupés. Mi vida es una equivocación tras otra.

- Ah, bueno. Vos debés ser mi hermana melliza de la que me separaron al nacer. Fijate si tenés la mitad de la medallita.

- ¿A ver? (...) No, me parece que la hice muela.

- Yo a la mía la empeñé en un mal momento, no te preocupes.

- ...

- ...

- Lamento que te hayan plantado, che.

- Sí, un embole. (...) Nada, igual me entretuve charlando. Te agradezco.

- ¿Dónde estás?

- En un restobar muy lindo, que acaban de abrir (...) ¿No te vendrías?

- ...

- Dale, así la seguimos pero de cuerpo presente.

- ¿Sabés qué pasa? Ya me saqué los zapatos.

- Ah, bueno, entonces ni hablar.

- Sí, otra vez será.

- Dale, te tomo la palabra.

- Bueno. Te dejo. Un beso grande.

- Otro para vos.


Me tomó la palabra pero no me tomó el número. Son todos iguales.