Llegué a casa como si me hubiera pasado por encima la aplanadora del coyote de los dibujitos. Así que apagué la luz, prendí unas velas y puse el disco ese de Elvis Costello donde canta suavecito. Me tiré en el sillón a que la penumbra me curara los ojos, y como cuando estás barriendo la vereda y se larga un viento de polvo, justo en ese momento sonó el maldito riiing riiing.
- Hola
- Che ¿qué pasa? Te estoy esperando
- Esperá sentado nomás.
- ¿Perdón?
- Que de acá no me mueven ni con una grúa.
- Perdón, ¿Con qué número estoy hablando?
- Depende ¿Con qué número querés hablar?
- ...
- ...
- Uy, qué cagada, disculpá, seguro que me equivoqué.
- Yo también, no te preocupés. Mi vida es una equivocación tras otra.
- Ah, bueno. Vos debés ser mi hermana melliza de la que me separaron al nacer. Fijate si tenés la mitad de la medallita.
- ¿A ver? (...) No, me parece que la hice muela.
- Yo a la mía la empeñé en un mal momento, no te preocupes.
- ...
- ...
- Lamento que te hayan plantado, che.
- Sí, un embole. (...) Nada, igual me entretuve charlando. Te agradezco.
- ¿Dónde estás?
- En un restobar muy lindo, que acaban de abrir (...) ¿No te vendrías?
- ...
- Dale, así la seguimos pero de cuerpo presente.
- ¿Sabés qué pasa? Ya me saqué los zapatos.
- Ah, bueno, entonces ni hablar.
- Sí, otra vez será.
- Dale, te tomo la palabra.
- Bueno. Te dejo. Un beso grande.
- Otro para vos.
Me tomó la palabra pero no me tomó el número. Son todos iguales.
| Romualda, Jueves 14 de Abril de 2005 |