Lista - (2). Un poco más que gárgaras al viento


- No le entendi la pregunta, señora - el repositor del súper me mira con cara de aspirante a vaca - ¿Cuál dura más, me preguntó?

- Claro, corazón - podría ser mi hijo. Pero si fuera mi hijo me daría pena echarle la mirada número seis - Si no te pregunto a vos ¿a quién querés que le pregunte?

- Señora, no sé que decirle - relojea las botellas como si estuvieran escritas en klingon - La verdad, no sé de cuál whisky el efecto dura más.

Elijo una al azar, porque me gusta el caballito blanco de la etiqueta negra, pongo en el canasto una docena de huevos (que están en precio), puerro, algo de frutas y me meto en la cola. Pago haciéndome la que no soy yo, sino una que compra para una amiga impedida de salir a la calle, salgo, paro un taxi y me voy.

Ya en casa meto la verdura, la fruta y los huevos en la heladera, dejo la botella en el medio de la mesa, enciendo la ducha y apago la luz.

Me baño en la oscuridad, que es mi último gran descubrimiento, me envuelvo en el toallón y me hago con la toalla chica el tocado fakir.

Entreabro la puerta del balcón: sí, hace un frío para domesticar iglús. Cierro y lo vuelvo a pensar. No, mejor no lo pienso. Voy a la cocina, saco uno de los vasos petisos, abro la botella y dejo que caiga un buen chorro. Lo tomo en sorbos cortos, con la nariz fruncida, pero lo tomo y no dejo nada.

Vuelvo al balcón: el frío sigue, pero ahora me arde la cara. No sé si es bueno o malo, pero al frío lo registro en la comisura entre las tetas, así que cierro la puerta, vuelvo a la mesa, y lleno la mitad del vaso.

Esta vez no le siento tanto el gusto acre, sino como una lengua caliente que se me disuelve en el paladar y me empapela de terciopelo la garganta. Ahora me arde la cara adentro, y en el estómago alguien me prendió una hornalla. El balcón sigue fresco, pero ya no está tan mal.

Me saco la toalla de la cabeza; no sé si el pelo está humedo o me ha empezado a transpirar, pero eso a esta altura es lo de menos: me sirvo un vaso casi hasta el borde. Como no me animo a levantarlo mientras la casa empieza a moverse, bajo y le doy unos sorbos haciendo los ruidos que hacía el abuelo cuando tomaba la sopa. Me acuerdo del abuelo y me largo a reir como una estúpida, porque la verdad es que no sé de qué me río, pero me río y me sigo riendo y no me puedo parar de reir.

Igual me frunzo la boca, porque si me sigo riendo voy a hacer un enchastre, así que tomo aire o coraje, que a esta altura ya no distingo la diferencia, y también tomo el último vaso de un tirón, limpito, como debería ser un parto natural. Me acuerdo de mi parto, del griterío que me manejé y me vuelvo a reir como si me hubiera escapado del colegio y me hubiera salido bien. Una cesárea con anestesia local no es graciosa, pero no me importa y me rio y me río y me río.

Apago la luz y me vuelvo al balcón, tratando de no perder el equilibrio en el barco en que se transformó el departamento, abro la puerta de un saque y acá estoy.

Los otros departamentos del piso están vacíos, los balcones a oscuras, y en la mancha negra del mío, la toalla es un pétalo tamaño baño que cae al suelo con ruido de plof.

Y ahí, parada en medio del frío que no me llega, con el viento tratando de convertirme en faisán, intento acordarme de alguna canción de esas que significan, pero en la bruma que se mueve mi recuerdo y en el bamboleo que me acaricia el cráneo no me viene nada de nada de nada, y ahí, desnuda de toda música, como si nunca hubiera estado en un fogón, en una fiesta; como si jamás hubiera guardado en la memoria un disco, y como sea que la cosa resulte, inflo el pecho, el diafragma y hasta las orejas, y oid mortales el grito sagrado, libertad libertad libertad.