Me acuerdo que cuando era chica, a unas cuadras de mi casa, donde empieza el centro centro, había unos almacenes imponentes, que no me olvido cuando mi mamá me llevó por primera vez.
Tenía un cartelón de letras de chapa, como manuscritas, que visto desde abajo era una especie de barco pero colgando del cielo: "Grandes Tiendas Per & Gardeau".
Decir que eso era una tienda grande es faltarle el respeto a la memoria. Perigardé era una extensión del entretenimiento de provincia; era una visita obligada, exigía ponerse encima la ropa para salir.
En Perigardé mi mamá podía comprar un vestido nuevo después de darle la lata a mi viejo durante semanas, proveerse de jabón en panes, latas de conserva, cordones de zapatillas o lo que te puedas imaginar.
Y si yo sofrenaba mi carácter Romita durante el paseo, podía ligarme un caramelo en technicolor, que parecía desembarcado de Marte.
Perigardé era más importante que la calle que divide a la ciudad, que la plaza central, que la Gobernación. La gente se citaba en Perigardé. Perigardé abría y era como si desenrollaran las calles. La noche empezaba cuando se apagaba el letrero de Perigardé.
Un día el viejo Per - o el señor Gardeau, no sé cual de los dos - estiró la pata, y el negocio entró primero en litigio y después en sucesión. Lo empezaron a atender los hijos y fue el acabóse, el principio del final.
La calidad de las cosas empezó a apoliyarse, los vestidos se quedaron en el tiempo, los caramelos parecían engrudo a medio cocinar.
La tienda fue languideciendo y un día desapareció. Quedó el letrero oxidándose en los años por venir y las coordenadas del día y de la noche las empezó a marcar la programación de la tele. Encima de las persianas de luto acumularon graffitis y pegatinas, hollín de un tráfico en crecimiento, borrachos meándolas en la oscuridad.
Un día parece que se vendió la propiedad y construyeron un Súper nuevo: Supermercados Pascual.
Pascual duró lo que duran las cosas en la Argentina. El local se transformó primero en tres locales más chicos con negocios que abrían y cerraban más rápido que el cambio de moneda, y acabó convertido en un galpón con una playa cubierta para estacionar.
Para ese entonces, o sea ahora, yo ya dejé de ser Romita hace unos cuantos abriles, y las pastillas de mentol me las compro en el kiosco más a mano esté.
Hoy me llamó una amiga; una chica jovencita a la que hace rato que no veo, y sin darnos cuenta charlamos hasta que la lengua se nos acalambró.
Quedamos en encontrarnos para tomar un café y charlar de cosas que por teléfono no sirve, asi que concertamos un lugar de reunión.
- Nos veamos a eso de las ocho en Perigardé - me escuché decirle. Y cuando oí el silencio al otro lado de la línea, tuve que darle la explicación
Ahora está oscureciendo y en la calle se encienden las luces. Yo me estoy terminando de cepillar, y faltan sólo unos minutos para que me dirija a un punto de encuentro emplazado en la patria exiliada de mi infancia.
En ese lugar mi papá se encuentra con sus amigos y se convidan fuego bajo sombreros alados, mi mamá acaricia la seda de vestidos inolvidables, y la vida me premia con dulces en cinemascope.
Hacia allá voy. A ese sitio del que no queda registro que no sea sólo el mío, con el deseo tenue de que la vida sea algo parecido: un manojo de coordenadas y recuerdos que se resisten a dejarse atravesar.
| Romualda, Viernes 22 de Julio de 2005 |