La lista - (3). Vestida para amasijar


- Yo te acompaño porque vos sos capaz de comprar cualquier cosa - se retoca Clarita el pelo, como si fuera un documento para el desarme. - ¿El que te regalé no te gusta más?

- Se rompió - descargo la cartera hasta que quedan sólo el celular, el monedero y un cepillo bastante contundente, por si las moscas. - Además estoy buscando otra cosa.

- ¿¡Cómo que se rompió y nada mas!? - se limpia Clarita sus gafas Dona Karan con un borde de la remera Calvin Klein - ¡Ah no, Gorda! ¡No me dejás así nomás!

- ¡Ya te dije que gorda tu abuela! - la amenazo con despeinarla, se echa para atrás y la tengo que agarrar para que no se venga abajo desde lo alto de sus tacos aguja. - Además de mi vida privada no hablo.

- ¡Ufa! - se cubre la cabeza Clarita cuando pasa por delante mío, mientras cierro la puerta. - Por lo menos ahora hablás de "vida privada", che. No es poca cosa.

- No. Ya te dije que no hablo.

Tomamos un remís y nos bajamos en la galería cheta. Clarita me indica dónde y nos metemos a una de esas casas donde venden ropa interior de la que es más agujero que calzón. Nos encara una chica jovencita con una sonrisa a la que la vida todavía no agarró descuidada.

- Buenas tardes, ¿Te muestro algo a vos o a tu mamá? - le pregunta a Clarita, así, como para introducirla en el espanto.

En otro momento agarraría el cepillo para enseñarle respeto, pero por un lado quiero salir cuanto antes de la historia ésta, y por otro Clarita está empezando a sudar, y si se le corre el rimmel después la tengo que aguantar llorando, y no.

- Mostrame algo como para tu abuelita, corazón - la riego con la mirada número tres. - Lo que se ponía para atender al cartero, por ejemplo.

La chica entra en el congelador de sonrisas, pero antes que nada es una vendedora y pone sobre la mesa una variedad de trusas y corpiños que de solo imaginarme con tanto calado me entra frío hasta en las várices.

Clarita elige, me muestra, me destaca virtudes, me habla de los pro y los contra y hasta me insinúa en qué posición del cuerpo se luce mejor cada cosa. Yo voy levantando temperatura, y no de la que requiere de estas prendas, pero ya está, digo basta.

La saco a Clarita del brazo, me meto en una de esas grandes tiendas donde suelo comprar los repasadores y encaro a un vendedor.

- Dame una camiseta malla de hombre, una bombacha de algodón decorada con pescaditos o algo así, un par de medias zoquetes blancas y dos coleros de esos como para mi sobrina. Ah: y si la camiseta está medio engrasada, mejor.

Clarita me mira con la boca tan abierta que me sugiere un chiste chancho, que ahí no más se lo digo en secreto y al oído.

A mí con uniformes para el cliché... ¡Por favor!