Por una cabeza


Para Oskar

Desde que me acuerdo tengo un carácter arduo, pero no siempre fui igual de creativa.

Quizás mi primer maestro en el arte de no dejar pasar ni una, como forma elemental de conservar el respeto, haya sido un flaco de barbita rala cuyo recuerdo no logra perderse en el tiempo.

Yo entraba a hacer una prueba en esta empresa en la que ya estoy en el inventario, y el flaco éste hacía un pasantía o algo así, en lo que era terriblemente eficiente.

Yo lo miraba embobada: que no se malentienda. No le tenía ganas ni estaba enamorada de él. Me intrigaba su espíritu libre, su velocidad para la vida y lo leve que era, siendo tan denso su retruécano y tan fino su sentido del humor.

Claro, alguien así no pasa desapercibido. Y no faltó el que lo tuviera a mal traer. Un burócrata sin resto ni sentido estético, que cada vez que podía, lo sometía a alguna humillación

Yo era jovencita para entonces, y casi soltera, así que varias veces salíamos con el flaco y algún otro ladero a tomar algo después de trabajar.

El flaco tenía una especial predilección por los containers de basura que ahora se pusieron de moda en cada esquina, pero que en ese entonces eran parte del paisaje europeo.

- Romi, yo me voy a Europa y la primera postal que encuentre con un container te la mando - decía riéndose y no riéndose mientras se enredaba entre fernet y fernet.

Así transcurrían los días hace algunos años: rápidos y sin dejarse notar. Mientras yo aprendía, al flaco lo trapeaban y a la noche todos nos íbamos a celebrar.

Un día no pude más y mientras lo retaban por una boludez al flaco, yo me le paré al burócrata en una avanzada de lo que la Romu prometía ser.

- Siga, déle, abuse. Alguna vez alguien le va a hacer frente y ahí lo quiero ver.

De milagro no me suspendieron, y a la noche nos fuimos a festejar. A la salida, en el tacho de basura de un restaurant, el flaco metió la mano como si hubiera encontrado oro, y sacó una cabeza de pollo maloliente.

- No podemos desaprovechar lo que hiciste esta mañana, Romi - me dijo. La envolvió en papel y se la metió en el bolsillo de la campera de jean.

Unos días después, sentí un grito en la oficina del jefe. Nos asomamos todos a la puerta. Encima del escritorio había, abierto, un sobre de esos acolchados. Encima, la cabeza de pollo terminaba de morir.

Y a partir de ahí, cada vez que pasaba frente a mi escritorio, el burocratón bajaba la cabeza.

Al poco tiempo el flaco renunció y se fue a Europa. Un día me llegó una postal de una catedral de Brujas, y en la esquina, adentro de un círculo marcado con felpón, un container de basura verde, reluciente de nuevito. Atrás decía: "Llegué al paraíso y te mando un beso grande".

Ahí la tengo a la postal. Tantos años después, parada entre los libros de mi biblioteca. Y ahí la estoy mirando.

Un beso grande, flaco.
Dondequiera que estés.