Tengo una amiga que me llama por teléfono y se larga a llorar. No importa cuál sea el tema, ella me llora.
Bah, llorar en este caso es un diminutivo de algo que no sé si queda más cerca del desgarro o del papelón.
La gente cree que yo me quejo y que tengo mala onda. ¡Ja! Eso porque no conocen a mi amiga, la que me habla para llorar.
Hoy, por ejemplo, suena el teléfono a las siete y media de la mañana. Atiendo en trance de vaca que sueña que le pita el tren, y era esta chica, con la voz a medio anegar. Estaba tan pero tan pelotuda del sueño, que me perdí la primera parte de la conversación, y cuando me quise dar cuenta, no tenía ni la menor idea de por qué berreaba esta muchacha.
Con el teléfono al hombro puse la pava en el fuego, armé el mate y me empecé a cebar. Mientras tanto asentía, o negaba según la dirección que llevara el "¿a vos te parece?" de rigor.
Mientras mi amiga moqueaba una historia que no calificaría ni para bolazo, yo empecé a anotar la lista de la compra, a ordenar las boletas a pagar, me calcé el trajecito mientras alternaba el teléfono de oreja, me peiné y hasta me pasé el hilo dental.
Cuando parecía que el tanque de reserva de mi amiga se había agotado, o que la bomba perdió presión y no le irrigaba más, yo agarré la cartera, le di un par de consejos en piloto automático, le dejé un beso grande, salí al pasillo y llamé al ascensor.
Y entonces me sucedió lo que me pasa siempre que me llama mi amiga la que llora por teléfono. Sin saber ni cómo ni de dónde, pero la risa me empezó a venir. Bajé a las carcajadas y salí a la calle en tal estado, que el portero debe haber pensado que yo era un clon de otra.
Me encanta que me llame mi amiga la que llora. Me ajusta el contraste y la señal de transmisión.
| Romualda, Lunes 08 de Agosto de 2005 |