Tus hijos no son tus hijos


El nene me dejó la facultad.

No sé si morirme, o matarlo primero y después morirme en paz. Estoy con los nervios de punta, con los pelos de punta y con muchas ganas de agarrarlo a puntapies, por decir en fino que le reventaría el culo a patadas.

Encima, lo peor, es de la manera en que me enteré.

Fui como una pelotuda vieja a buscarlo a la facultad para llevármelo a almorzar a un lugarcito nuevo en el que sirven comidas españolas. Como ya le pasó la edad en que aparecerse con la mamá era tirarse de cabeza en un pozo negro social, ahora cuando me lo encuentro de casualidad en el centro, o salimos juntos a hacer alguna actividad, ya somos como más compinches. Confrontamos gustos, nos cargamos por alguna grasadita que le guste al otro, y hasta se podría decir que tenemos nuestra pequeña conversación.

Por eso hoy, cuando pregunté en qué aula estaban en los de su curso, y primero no lo vi, y después un compañero me dijo que no aparecía desde hace meses, el día se me puso rojo bermellón.

Todavía no apareció, y espero que la novia no venga con él, porque esa turra cómplice es otra que bien baila, y la siento de una mirada, y me va a tener que oir.

Mientras tanto estoy en su habitación, tomando medidas con la ruleta y decidiendo si me conviene más poner una bicicleta fija, traer la compu o armarme un cuarto para leer.