El nene entró a casa un par de días después, no sé si de puntas de pie o como pisando huevos, pero el tema es que me enteré cuando escuché música en su habitación.
Música suave, el jazz que a él le embola y sabe que a mí me gusta. Música como para amansar a la fiera.
- Mamá, te tengo que decir algo - estaba peinadito y todo, y me pareció que se atajaba - pero antes que nada prometéme que no te lo vas a tomar como de costumbre.
- Vos sabés, Lucio, que está mal visto jurar en vano - a la altura de "Lucio" debería habérsele fruncido algo. - Si tenés algo importante que decírmelo, decímelo nomás. Para eso sos todo un hombrecito ¿no?
Yo estaba en la cocina picando algo, que no me acuerdo bien qué era, pero que estaba quedando en unas láminas finitas como para calcar el mapa orográfico de Europa. No lo miré, pero de reojo me pareció que transpiraba tupido, porque el aire se empezó a llenar de olor de esos animales que escapan a los cazadores africanos, que el otro día pasaron en un documental por el National Geographic.
- Bueno, sí, lo que pasa es que nunca me das tiempo y te enojás antes de que termine.
- Lucio, corazón, yo no me enojo nunca - me puse a afilar el cuchillo en una de esas piedras cuadradas que me vendieron a la puerta del mercado. - Yo actúo con vehemencia cuando algo me parece injusto.
No sé si estaba muy pero muy quieto, o se me había dormido de pie.
- Cuando me sacrifico como una burra para resolverle a alguien todos los problemas, por ejemplo - si con la hoja como estaba venía cortando finito, con el filo que estaba logrando, a las verduras directamente las iba a vaporizar. - Y que ese alguien obtenga algo valioso sin tener que esforzarse en otras cosas ¿verdad?
Me quedó tan lindo el cuchillo cebollero que ahí nomás abrí el cajón y arranqué a sacarle filo a todos los demás.
- Cuando soy honesta, generosa, incondicional con alguien, Lucito - Si con "Lucio" no se frunció, con "Lucito" debía haberse encomendado a los santos. - Y descubro de pura casualidad que no soy correspondida, por ejemplo.
Me dieron ganas de entrar a rebanar cosas más grandes: zapallos, sandías; creo que le hubiera entrado con ganas hasta a una estatua de plaza municipal.
- En casos así, Lucito, vos que me conocés tanto, sabés que no me enojo - Miré el cuchillo de canto. Una preciocidad de acero. - Pero actúo con mucha vehemencia.
Cuando levanté la vista y lo encaré, estaba pálido y con los ojos Simpson.
- Pero ¿sabés qué, corazón? ahora estoy de cabeza con esta receta nueva, y no sé si te voy a poder prestar la atención que te merecés - dicho esto último con la mirada número tres. - Así que mejor lo dejemos para mañana. O pasado. O a lo mejor cambiás de idea ¿no?
Se metió en la pieza como un zombie de esos de Haití. Cerró la puerta y apagó la música. La casa quedó en un silencio como los que dicen que hay en Miami después que pasa el huracán de las cinco.
Me pareció, incluso, que en esos minutos el nene había bajado de peso. La semana que viene tengo que ir sin falta al oculista.
| Romualda, Sábado 27 de Agosto de 2005 |