Nos encontramos un grupo de amigas del secundario, y nos fuimos a tomar un té con masas que no tardó en mutar a cerveza y sándwiches de miga.
Somos las que quedamos de unas cuantas que éramos más. Pero claro: los años y la vida nos fueron lijando, sacando la punta y pasando la rejilla con un empecinamiento digno de abrillantar submarinos.
Hasta que como en el nombre de un disco que me gustaba cuando chica, sólo quedamos tres.
Y mirá lo que son las cosas: somos las tres que nos sentábamos en bancos uno atrás de otro: Ramírez, Romero, Ruejas.
O sea: un azar nos llevó al mismo colegio, otro nos acercó por iniciales en el apellido, y una tercera arbitrariedad - las filas de alumnos por orden alfabético - nos amigó hace más de veinte años, con destino hacia la eternidad.
Una secuencia en el lenguaje, de la mano de una convención cultural, nos llevó a los bailes de la Sociedad Española, a estudiar juntas para los exámenes, a buscar novios que se hicieran amigos entre ellos, a planear que nuestros hijos nacieran el mismo mes.
Y no somos las únicas: he visto que otros grupitos de tres y de cuatro inseparables son también las que se sentaban con los pupitres en línea.
No deja de asustarme que cosas de un espesor tan duradero se originen en un impulso de la casualidad.
Cuando paso cada tanto a buscar a mi sobri por el cole, recuerdo que yo lo convencí a mi hermano para que la mandara ahí. No deja de correrme por la espalda un escozor: tal vez haya contribuido con un pequeño soplo a anudar algunos de sus amores para siempre.
Ramírez, Romero, Ruejas.
En fin. Que tomamos cerveza, nos reímos y comimos sándwiches de miga
| Romualda, Miércoles 21 de Septiembre de 2005 |