Seis y una vidas


Desde hace unos dias se me aparece un gato en el balcón. No le llevo demasiado el apunte para que no se propase o yo me termine acostumbrando y después lo extrañe cuando desaparezca.

Lo único que me falta: nostalgias de un gato atorrante que también un día me abandonará.

Bueno, digo gato porque es a lo que más se parece.

En realidad el animal es como uno de esos efectos especiales de película yanqui, pero a medio terminar y con la oreja mordida. Tiene más manchas y cicatrices que si le hubieran estornudado con pólvora, y menos iniciativa que el tipo del que me separé.

Te das cuenta que se apareció porque girás la cabeza y ya está sentado ahí, oteando para el lado del cerro. Y de la misma manera, cuando volvés a mirar ya no lo ves.

A veces le dejo un plato con leche o alguna sobra de comida. Al otro día el plato está tan reluciente, que estoy pensando en dejar toda la vajilla en el balcón.

De ésto hace no mucho, y sin embargo parece que el gato estuviera desde siempre.

A la noche, cuando no puedo dormirme y escucho maullidos por alguno de los barrios, me da por fantasear que es él, que avisa. Después pienso que anda por ahí embarazando gatas, y me agarran ganas de tirarle un baldazo cuando vuelva a asomarse por acá.

Cuando el nene o Bruno andan por la casa, el bicho no se deja ver. Si llego a decirles que cuando no están cerca un gato se me sienta en la baranda me van a mirar de una manera, que la cosa va a terminar mal.

No sé qué busca ese gato o cómo todavía no se dio cuenta que no soy un dechado de hospitalidad. No me está pidiendo nada a cambio, y encima hace silencio.

Capaz que quiere ser mi secreto.

Por una vez en la vida, tampoco está tan mal.