Desde hace unos dias se me aparece un gato en el balcón. No le llevo demasiado el apunte para que no se propase o yo me termine acostumbrando y después lo extrañe cuando desaparezca.
Lo único que me falta: nostalgias de un gato atorrante que también un día me abandonará.
Bueno, digo gato porque es a lo que más se parece.
En realidad el animal es como uno de esos efectos especiales de película yanqui, pero a medio terminar y con la oreja mordida. Tiene más manchas y cicatrices que si le hubieran estornudado con pólvora, y menos iniciativa que el tipo del que me separé.
Te das cuenta que se apareció porque girás la cabeza y ya está sentado ahí, oteando para el lado del cerro. Y de la misma manera, cuando volvés a mirar ya no lo ves.
A veces le dejo un plato con leche o alguna sobra de comida. Al otro día el plato está tan reluciente, que estoy pensando en dejar toda la vajilla en el balcón.
De ésto hace no mucho, y sin embargo parece que el gato estuviera desde siempre.
A la noche, cuando no puedo dormirme y escucho maullidos por alguno de los barrios, me da por fantasear que es él, que avisa. Después pienso que anda por ahí embarazando gatas, y me agarran ganas de tirarle un baldazo cuando vuelva a asomarse por acá.
Cuando el nene o Bruno andan por la casa, el bicho no se deja ver. Si llego a decirles que cuando no están cerca un gato se me sienta en la baranda me van a mirar de una manera, que la cosa va a terminar mal.
No sé qué busca ese gato o cómo todavía no se dio cuenta que no soy un dechado de hospitalidad. No me está pidiendo nada a cambio, y encima hace silencio.
Capaz que quiere ser mi secreto.
Por una vez en la vida, tampoco está tan mal.
| Romualda, Viernes 09 de Septiembre de 2005 |