A un dinosaurio sólo le queda extinguirse


A veces me siento medio antediluviana. Una cosa que no es ni lo que es, ni lo que podría ser para ser otra distinta.

Ufa.

Encima me cuesta escribirlo, y eso sí ya no lo puedo tolerar.

Yo empecé a escribir esta cosa que ni es cuaderno ni diario; que no es ni privado ni público; que no es realidad ni es ficción - ningún texto es ninguna de esas cosas y a la vez es todas juntas pero en una versión licuado de banana - y ya ni me acuerdo por qué.

Bah, en realidad me acuerdo, pero es que casi ni quiero acordarme.

Estaba pasando un momento de mi vida que era más fulero que caerse de la cama, y de golpe me entusiasmó una vecina que también se largó a escribir. Vivía con un tipo al que sólo me unía un desencuentro, un hijo ya grande, y una historia bastante infeliz.

Si hubiera tenido plata, seguro habría matado la angustia comprándome ropa; si hubiera tenido mucha plata, a lo mejor me habría hecho analizar. Nada de eso: era una semiesclava en condición de madre aguantadora, tenía una bicicleta, y me encontré con internet.

El resto es historia conocida y está metida en estas páginas.

Hay que creer en el valor de la palabra, eso sí. Dicha o escrita. Porque la cuestión es que me largué a escribir como si me subiera a un tren y me sentara a mirar el paisaje, y en medio de la seguidilla de palabras en la que iba poniendo mi historia, fui encontrando el coraje para cambiar algunas cosas y desarmar otras de raíz.

En este caminito de tierra en medio de la autopista de la información están mis amigos, mi hermano, mi sobrinita, mis compañeros de oficina, mis furias, amores y apasionamientos varios, mis diálogos y diatribas con los lectores y comentaristas. Todo eso me sirvió para sentirme menos sola en un universo que nos juega de contra - qué duda cabe - y que por más razones aún, siempre me resultará inolvidable.

Mi tío Fernando, que era timbero, pero de esos de temer, cada vez que iba a retirarse de una reunión, hacía el mismo chiste: "Bueno, llegó la hora de cambiar las fichas". Se levantaba, saludaba a todos y se tomaba las de Villadiego.

Yo no diría algo así, porque a mí el juego ni me va ni me viene. Ese juego, claro está. A éste lo quisiera seguir jugando. Y a lo mejor... quién sabe.

Pero no así. Desde hace un tiempo vengo amagando con dar vuelta las sillas sobre las mesas y apagar la luz. Y la verdad, me gusta tanto, que me resisto y me resisto y me resisto.

Pero hoy es sábado a la noche, y no me resisto más.

En cuanto ponga punto final a este texto, salgo al balcón a fumarme un cigarrillo, y lo más probable es que después me fume otro. Por ahora, no es ese un mal plan.

Bueno. Nos estamos viendo.

Un beso grande a todos.