Las puertas de la noche


Hacía mucho que no me pasaba. Es más: hacía tanto que no me pasaba, que ya creía que algo malo me iba a pasar. Y finalmente me pasó. Volví a perder las llaves.

Volvía tarde, tarde de una cena, y lo de siempre: dar vuelta la cartera, revisarme los bolsillos del trajecito, buscar hasta en la costura de la media, y nada.

Imagináte: dos y pico de la mañana, todo cerrado. Ni un kiosco, ni un teléfono público cerca, nada de nada de nada. ¡Pero nada de nada!

Cuando era más chica, me bajaba un sudor frío por la espalda, y era capaz de correr hasta una avenida, y pedirme un taxi a lo de alguna amiga y después rogar para que su madre lo pagase sin hacerme discursos. Cuando fui más grande primero buscaba bien, y cuando estaba segura de que tenía las llaves, recién saludaba a mi novio y me metía para adentro.

Ahora ya estoy cansada. Ya pocas cosas me importan, y a mí quién me va a abusar.

Me senté a la puerta del edificio primero, y en el cordón de la vereda después.
Prendí un cigarrillo y me lo fui fumando despacio, mientras el humo se me enroscaba en las pestañas y después se perdía para el cielo. Cuando se me acabó, prendí otro, y en lo que lo promediaba, lo vi llegar al nene.

- ¿Qué hacés acá? - Se me paró al lado mucho menos asustado de lo que hubiera creído.

- Perdí las llaves - lé sonreí tragándome un bostezo. - Y es tarde como para molestar a nadie.

- Uy, qué cagada - se agarró la cabeza. - ¡Yo me olvidé las mías en el otro pantalón!

Nos quedamos quietos los dos, a cuál más pelotudo.

- Vení, vení con mamá - le pasé el brazo por el hombro y le ofrecí un cigarrillo - ¿Querés?

Me volvió a mirar, mucho menos sorprendido de lo que hubiera creído. Miró el paquete y al final agarró uno.

- No sé como podés fumar de esa marca.

- Si conseguís un kiosco abierto, compráme un paquete de los tuyos - le pasé el encendedor. - Y de paso llamás un cerrajero.

- Termino éste y voy - dio una bocanada larga y sentida, que me hizo acordar a mi papá. Me le recosté en el hombro.

- Dale.

Nos quedamos así no sé cuánto. El perro de la vieja de la vuelta comenzó a aullarle a las nubes o andá a saber qué cosa. Le hubiera tirado un zapato, pero se calló cuando empezó a clarear.