Mi abuelita tenía un loro, que se llamaba Pedro. No sé si por falta de imaginación de mi abuelita, o porque en esa época los loros se llamaban Pedro y no había demasiado más con qué darle al asunto. Además, Pedro era verde y obvio como todos los loros. Graznaba - sí, ya sé que graznan los cuervos, pero cómo corno se llama el nombre del ruido que hacen los loros ¿"lorido"? -, tenía la lengua oscura y seca como suela de zapatos, y comía pan mojado en leche.
Ahora, vos le mostrabas un palo, y el loro se caía de culo (la sobri se ríe).
Para mí, que era chica y jodida como todos los chicos, enterarme de eso fue lo más divertido que me ocurrió durante mucho tiempo de mi vida. Agarraba el caballito de mi hermano, le sacaba la cabeza de plástico, y con el palo me iba a torturar al loro.
Que no se entienda mal: no le pegaba ni amenazaba con pegarle. Bastaba con pararse a un metro de Pedrito y alzar despacito el palo, que el coso arrancaba a aletear reculando y haciendo un ruidaje como para que venga la policía.
Un día me le acerqué demasiado, y entre aleteo y recule, el loro se cayó para atrás. Estuvo un rato quieto en el piso hasta que se levantó y empezó a trepar de nuevo al aro. Me agarré tal julepe, que no volví a joderlo en lo que le quedó de vida.
Claro: no había que ser una luminaria para darse cuenta que entre loro y palo había un trauma en la niñez del loro; un recuerdo negro, que por poco raciocinio que tuviera el animal, le bastaba para no olvidarse que eso le había dolido y podía volverlo a lastimar.
Ya más grande, mientras comía mandarinas en el patio, me quedaba mirando al loro, imaginando quién le habría asestado un palazo de esos que dejan huella en el inconciente de los loros, y hacen que aleteen y reculen aún a riesgo de caerse para atrás.
Visto así: una locura. O sea: el instinto de conservación del loro lo lleva a asustarse tanto del palo que le sigue pegando en el inconciente, que el loro termina poniendo en riesgo su vida para escapar del palo traumático, que a esta altura son todos los palos y cualquiera.
Pedrito se murió de frío.
Una mañana mi abuelita salió al patio, y en vez de encontrarlo en el aro, con la cabeza metida debajo del ala, en ese efecto mezcla de plumón y puercoespín que hacen los loros cuando duermen, lo encontró de espaldas en el piso, duro y con las patas para arriba, las alas desplegadas y el pico semiabierto.
Ahora, yo me pregunto: si hubiera estado en el loro advertir que en su futuro había más estadísticas para crepar de helada que para morirse a golpe de palo, ¿se habría caído del aro tantas veces, dañando quién sabe cuánto su espina vertebral de loro? ¿Se habría podido - con suma paciencia - reeducar al loro para que se insertara sin conflictos en una sociedad donde del rastrillo a la escoba, casi todo viene munido de palo?
Y a esta altura de la noche, y sin ganas de bajar a buscar un kiosco adonde comprar cigarros, yo me pregunto también algunas cosas. Y empiezo a buscar en los cajones de mi propia existencia donde está y qué forma tiene el palo que me ha hecho recular tantas veces aleteando, hasta golpearme la nuca en problemas más severos.
Y me veo invocando el recuerdo de un loro con problemas, y redescubro del otro lado de esa noche del alma del loro a mi abuelita, que le ponía la comida muy lejos del aro, en el otro extremo del patio. Y cuando el loro partía, chueco y con voluntad de triunfo, recién entonces mi abuelita, con silencio de enfermera y delicadeza de madre, arrancaba a limpiar por los rincones del techo. Y sin hacer ruido, mientras el loro atacaba los restos de lechuga mi abuelita sacaba las telarañas de arriba.
De allá adonde sólo se llega atando el plumero a un palo.
| Romualda, Jueves 20 de Octubre de 2005 |