Té para tos


- Vos andás en algo, ¿no? - Clarita me disecciona con la mirada como si fuera la rana de biología - Porque si no, no se explica.

- Ah. sí. Yo me paso al té - aspiro una tremenda cantidad de olor a té de frutos rojos que compré en una feria artesanal - esto debe tener un gusto a gloria o por lo menos a infancia con tías.

- Dale, decime un nombre, algo - Me insiste tanto Clarita, que parece que se va a infartar - Tirame una pista, un color de pelo, altura... ¡No seás guacha!

- Ay, Clari, sos tan obvia - Echo el agua caliente sobre el colador de maderita trenzada. - Parecés una conversación de tipos en un bar.

- Sí, claro, mucho "hombres no hay, hombres no hay", y le das salida al único que se te puso al lado - sí, a esta chica le va a dar algo. - Y me querés convencer que no tenés un filo, nada, ningún otro bajo la manga.

- Ay, nena, salí de la telenovela, por favor - llevo la bandeja al balcón. - Vení disfrutemos de esta maravilla que compré.

- ¡Y encima eso! ¡Té! ¡Vos tomando té! - Me da la impresión de que cuando se enoja el pelo se le esponja un poco. La voy a tener que hacer enojar más seguido. - ¡Ahora te ponés la túnica naranja y te volvés harakiri, qué te pasa!

- Hare Krishna? No, ni ahí - doy un sorbo que es todo un sábado a la tarde en el parque, con los dedos pegajosos de algodón dulce. - Hace mucho que no hablamos de vos, Clari. Contame ¿tu marido, tus nenes?

- Calláte y pasáme el té.

No. Hoy no va a llover.

- La verdad que está rico. Muy. - Se acaricia la blonda pelambre y estira las piernas. - Bueno, si querés hacerte la misteriosa hacé lo que quieras.

- No hay nada que contar, Clari - va a haber que ir guardando la ropa de invierno en la parte de arriba del armario. - Cuando haya yo te aviso.

- Algo raro hay, gorda - estira los brazos y deja escapar un bostecito feng shui. - Pero sea lo que sea, bienvenido.

- Estoy pensando incluso en inscribirme en el gimnasio de la vuelta.

La verdad, prefiero cuando grita a cuando se desmaya.