Mi primera planta fue como mi primer cigarrillo: sentí un poco de malestar; no presentí la adicción. Era chica, es cierto, y cuando una es chica no es hora de que te regalen plantas sino una muñeca, un vestido lindo o corazoncitos Dorin's. ¿Para qué te sirve una planta si no la podés vestir, pintarle los labios, sacarla a pasear?
Me la encajó una tía de esas que en vez de darte plata para un helado, te abría una libreta de ahorro y te hacía pegarle estampillas. Ahí me enteré, supongo, como funcionan los bancos: todos papeles bonitos pero a la plata no la ves jamás.
Bueno, a la tía Herminia se le ocurrió regalarme una cosa que era como un plumero de goma, encasquetado en una maceta marrón.
- Si veo que la cuidás bien, y crece bonito - me miró con una sonrisa que amenazaba besos y pellizcos - la próxima vez de regalo una mascota.
¡O sea que bien podría haberme ligado un animalito, algo con quién jugar! Fue peor. Entre que le tomé ojeriza y que me encapriché. Salía a sentarme en la vereda con la maceta y le hablaba alto para que me escuchen: "Si te tiro una pelota ¿la vas a buscar? No, qué vas a ir" "¿Y si te doy un empujoncito? No, seguro que te rompés" y así. En mi casa, que para entonces ya me conocían, no me daban bolilla. Y como la planta tampoco me contestaba, sola me empecé a cansar.
Un día la puse en el patio en la misma mesita en la que jugaba al té. Cuando me volví adentro la dejé ahí. Se largó un aguacero que duró varios días, y cuando salí al fondo de nuevo no lo podía creer: ¡estaba cómo más alta y enrulada! Me fui corriendo a avisarle a mi mamá, que llenó un vaso de agua y me acompañó.
- ¿Ves, Romita? La volcás despacio por todas partes y después le salpicás las hojas con los dedos. Eso les encanta.
A partir de ahí me asomé a una nueva maravilla, que hasta hoy no me ha dejado de asombrar. Al año siguiente la tía Herminia cumplió su palabra y me regaló al Mafaldo, un caschi al que le tiraba un palo lejos para que se entretuviera mientras yo arreglaba el jardín.
La vida desplegó a mis ojos un secreto vegetal, que fue mi primer pasaje hacia la gratitud. Cuando estoy en el balcón en los días templados, me saco las ojotas y dejo que las hojas de mi pequeña jungla me acaricien las plantas de los pies.
Cierro los ojos y me entrego a la memoria de mi primera planta, en el fondo de mi casa a la hora del té.
refugiado en medio de mi jardín me ha dado por recordar estas cosas y no por correrlo de un escobazo.

Sí, el mundo se las arregla para sacar de la galera alguna maravilla. Pero por otro lado andá a saber el bicho éste qué gérmenes puede tener.
| Romualda, Lunes 22 de Mayo de 2006 |