A veces me siento medio antediluviana. Una cosa que no es ni lo que es, ni lo que podría ser para ser otra distinta. Encima me cuesta escribirlo, y eso sí ya no lo puedo tolerar. En cuanto ponga punto final a este texto, salgo al balcón a fumarme un cigarrillo, y lo más probable es que después me fume otro. Por ahora, no es ese un mal plan.
Salí al balcón y prendí el primer cigarrillo de un paquete que me quedó corto. Cuando lo terminé - al atado - eran más de las dos de la mañana, y no había nada abierto para bajar a comprar. Curiosamente, no me agarró bronca. Y más sorprendente aún: no me sorprendió que no me agarrara. "Cagamos", me dije. "Me agarró la gripe aviar".
Me senté en el suelo con una sensación de vacío tremenda.
"¿Qué hiciste, pelotuda?" me pregunté como entrando en confianza.
"No sé", me respondí medio haciéndome la tonta. "Yo leí en otras páginas como la mía que la gente tiene muchas cosas importantes que hacer en la vida, entonces deja de escribir, se despide de sus lectores y cierra la página y fin, se acabó".
"Ahá" (se nota que no me creí) "¿Y vos que opinás de eso?"
"Yo opino que no me pedí opinión" me dije y di la conversación por terminada. Y ahí me tranquilicé: me encontraba en terreno conocido; estaba enojada de nuevo.
Yo no sé como se sienten las chicas lindas que se pasan la noche rebotando gente en el baile, pero la verdad es que yo me sentía igual. Sentada sola en medio de la noche de mi living, sin cigarros, sin mi anotador en la internet, y con los demás bailando en otra parte.
Porque a ver ¿qué hago ahora con el tiempo libre? Ya sé: me dedico a mi familia y a mi hogar. Lo marco de cerca al pequeño mamut para que no me deje la facultad y se vaya buscando un trabajito, y en el tiempo que ya no uso en escribir aprovecho y le saco brillo al interior del horno.
Más manija me daba y cada vez me sentía más imbécil. ¡Salgo a dar vueltas, voy al gimnasio, hago batik! Entré a dar vueltas por la casa como un tigre que se quiere comer el hígado, mientras afuera la noche se iba retirando y abajo rodaban los primeros autos del domingo. Al final no me quedó otra que agarrar el teléfono y marcarlo de memoria.
- Pero.. gorda... - parece mentira, Clarita recién levantada tiene voz de Tita Merello - ¿Vos tenés idea de la hora que es?
- La verdad que no - en la ventana de la cocina el cielo iba migrando del negro al violeta - ¿Qué hora es?
- ¡Más de las cinco de la mañana; casi las seis!
- Gracias - y colgué.
Me metí vestida así como venía adentro de la cama, sin sacarme ni las medias ni el corpiño ni la sonrisa que no sé de donde me salió.
No tenía nada claro qué hacer en los próximos meses, pero ahora por lo menos iba a poder dormir.
| Romualda, Jueves 11 de Mayo de 2006 |