Congelada y con la sangre hirviendo


Existen cosas que no parece, pero te cambian la vida más que los callos o un mal amor. Ahora, igual que en esas dos viscisitudes te das cuenta tarde. ¿Cuándo? Cuando el lavarropas dice basta, el aire acondicionado empieza a toser, tenés que prescindir del cable, o en el colmo de la desgracia, vivís en un cuarto piso y se te corta la luz.

Hay cosas más chicas y menos evidentes, claro: está el coso para enrular manteca, la jaulita para sumergir las hojas en el té, el martillo de las milanesas, y tanta tecnología casi invisible, que si pensás un poco te sentís en medio de 2001 Odisea espacial.

Yo me acuerdo de la revolución que significó en mi vida pasar del pañal de tela al pañal que se caga y lo tirás. ¡Paaahhh! ¡Esos son inventos! (para no hablar de la toallita y el tampón). O la planchita casera para el pelo. ¿Sabés lo que fue para una mocha como yo entrar hecha una diosa lacia al baile de la Sociedad Española?

Ahora, no hace demasiado en términos de mi propia historia, que entraron de la mano dos cosos que venían a facilitarme todo y terminaron por esclavizarme más. Sí, hablo del microondas y el freezer. Si yo sabía lo que esa yunta se traía entre manos, abría un hostel y alojaba parejas hippies y punks; seguro me traían menos dolores de cabeza.

Porque a ver: antes yo volvía a la casa, fritaba un par de huevos, hacía una ensaladita chip chop chip chop, carne, martillo, huevo, milanesas, y vualá: almuerzo para tres. O después para dos.

Entonces aparecieron los que nunca faltan para aconsejar: "decime ¿qué esperás para comprarte un freezer? ¿Sabés el tiempo que ahorrás en cocinar? Y si hacés combo con el microondas, sacás la comida, descongelás y ¡plin! El almuerzo servido. ¡Y lo cocinaste hace tres meses!" Debo haber estado en el día tonto porque me terminaron por convencer.

Pero ¿cómo funciona en realidad la cosa? La cosa funciona así: Vos te encontrás con que cambiaste la heladera por una con freezer, y empiezan a sonarte voces en la cabeza ordenándote que lo tenés que llenar. Entonces te encontrás un sábado a la tarde… ¡cocinando para el resto de la semana… para guardar en el freezer! O sea; además de deslomarme en el trabajo y llevando una casa, ahora hasta el hambre tengo que planificar.

Después tuve que aprender a usar el microondas. ¡Ay, Dios! Debe ser más fácil que te enseñen a manejar. Y ojo: a evitar que la sobri me metiera la fuentecita de acero y jugara con los botones. Y después a limpiarlo para que no me junte olor.

Bueno, todo eso te dura con suerte dos semanas, y con mala suerte dos meses. Un día cualquiera la vida retoma su cauce y el ritmo de todos los días te exige que te dejes de joder.

Es así como llegás, abrís el freezer gritás y sentís el eco.

¡Y ahora hasta fiaca me da cocinar! ¡Lo que hice desde los catorce años y era tan natural como lavarme los dientes o enrollarme la toalla en la cabeza después de la ducha, se me dibuja en el horizonte como una sofisticada forma de tortura! Encima hoy me cae el nene con el grupo a estudiar, y somos cuatro.

Espero que lleguen pronto. A alguien le tengo que gritar.