La risa en rosa


- Sacáte eso, gorda - dicho entre risas. - Ya no tenés 15 años.

¿Cuando se empieza a descomponer el pescado? ¿en qué minuto entra la crema de leche en vencimiento? ¿a partir de qué instante la salsa de tomate se vuelve mortal?

Cuando huelen no, eso está claro. Cuando el tufo te envuelve como una bufanda barata es porque la cosa ya hace tiempo que se murió.

- Ay, no seas así - como que me río y no me me río. Entre que lo mataría y no sé qué hacer. - Es igual a la de ayer, pero de un color distinto.

Siempre pasa lo mismo: si te duele, cagaste: venís enferma de hace rato. Yo no me resigno, no, no, no. Hay que tratar de encontrar la punta del ovillo, el ojo de la lombriz, el lugar en donde empieza la numeración.

Claro, en ese momento yo era joven y había metido las ilusiones en el cajón de abajo del de los cubiertos: acababa de parir. Sí, el nene significó torrentes de amor que me salían desde lugares de tan adentro que tirabas una piedra y no se la escuchaba caer. Pero también fue dejar la facultad y meterme a organizar una casa a una edad en la que mis amigas se juntaban a celebrar la edad del pavo, a tomar algo, a salir a bailar. Mientras las chicas se compraban vaqueros ajustaditos y de marca, yo elegía las bombachas por resma en las grandes tiendas de la ciudad.

Era tierna, muy tierna y un amor de ignorante: creía que la vida viene con "continuará". Que los sueños se retoman como cuando abrís el libro en la página en que habías doblado la punta de una hoja.

Aprendí a cocinar a los tumbos. Me hice a la idea de tender una cama el doble de grande que la mía, cuando hasta no hace mucho a la mía la tendía mi mamá. Limpiar el piso fue LA capitulación. Por suerte para el casamiento alguien se apiadó y nos regaló un lavarropas. Si hubiera tenido que lavar a mano, los pañuelos no me alcanzaban más.

La primera vez que lo encaré al aparato, hasta leí el manual y todo. Arranqué por la ropa blanca, lo encendí y me fui a bañarlo al nene. Cuando volví, me pareció que algo andaba mal. Miré y me pareció que me sacaban la lengua. Me acerqué y me quise morir: en medio de las sábanas, las camisetas, los calzoncillos y el resto de las prendas, un corpiño rojo se zarandeaba como para hacerse notar.

Entré a apretar botones a lo loco. Como la cosa no paraba, lo tuve que desenchufar. Adentro parecía un festival de batik, en distintas gradaciones de rosa. Me senté en el piso y me largué a llorar. Cuando la bestia - que Dios lo conserve lo suficientemente lejos - volvió a la casa y vio sus pañuelos y los calzoncillos de color telenovela se manejó un escándalo fuera de toda proporción.

Yo era joven, decía. Un amor de ingenua que pensaba que lo que en la mesa se rompía, en la cama se podía arreglar. Así que tragué saliva, y a la noche siguiente me desvestí y me perfumé. El tipo se dio vuelta en la cama, me hechó media mirada y volvió a girar.

- Sacáte eso, gorda - dicho entre risas. - Ya no tenés 15 años.

Está bien, salía del embarazo y me sobraban unos kilos que anteayer todavía estaba corriendo a escobazos de mi cuerpo. Pero acababa de darle un hijo, y a veces y a pesar de todo, me sentía liviana de lo feliz.

- Ay, no seas así - como que me río y no me río. Entre que lo mataría y no sé qué hacer. - Es igual a la de ayer, pero de un color distinto.

- Sacáte eso, hacéme el favor - se dio definitivamente la vuelta mirando para el otro lado. - Que encima me hacés acordar.

Me acosté calladita. No supe qué decir ni de qué color ponerme para hacer juego con la bombacha y con lo que me iba subiendo por adentro.

Capaz que esa noche empezó una cuenta regresiva que duró un poco más de lo que venía indicado en la receta. A lo mejor mientras trataba de dormirme mordiéndome los labios podría haber buscado la puntita del hilo que me permitiera salir. No sé. Sí sé que escuché por primera vez la palabra "gorda" de una manera que nunca más iba a gustarme.

Ah: el corpiño rojo me quedó chico. No me lo pude volver a poner.