El humo, mi vida y yo


Había salido corriendo de un bar en medio de la lluvia. Tenía esa edad en que el pelo es un estado de ánimo que no exige el mantenimiento de una cintura pos parto, y a la tristeza le escapás corriendo y destrozando charcos a saltos imposibles. Yo no lo sabía , claro, pero en la silla vacía del bar se había quedado el final de una de mis vidas, y ahí, apretada bajo la escasa marquesina de La Casa de los Botones, con la cara mojada no por lluvia, una nueva estaba por empezar.

Iba a costarme más de veinte años tomar envión para escapar pisoteando otros charcos, esta vez llorados sin apuro. Pero claro, eso tampoco lo podía saber.

Rebusqué en mi bolsa de yisca y saqué el paquete: me quedaban nada más que dos cigarros. Entre el temblequeo y un rayo que infló el silencio y lo reventó de un pisotón, el primero que saqué se me cayó de la mano, rodó por las baldosas y se fue por el agua del cordón.

Al segundo lo apreté en los labios con más porfía que furia, y en lo que rebuscaba el cricket o los fósforos, un chasquido tibio se me apareció al costado de la cara

- ¿Puedo ayudarte?

Giré la cabeza y lo ví, parado ahí, en medio de la lluvia, sólo con los brazos extendidos en lo seco y un cuenquito de fuego entre las manos. “¿Puedo ayudarte?” No sé si fue el tono, la tarde que se caía a pedazos o qué, pero sentí que no había escuchado nada tan dulce y a la vez tan útil en una eternidad. Estiré la boca con el cigarrillo, y mientras hacía crepitar la brasa me largué a llorar como una imbécil. Me atrajo a sus brazos, ni sé lo que me dijo, pero me quedé ahí, abrazada como a un árbol y por no sé cuánto tiempo.

Bah, si sé. Duró menos de lo que me imaginaba. Si la vida distorsiona, cómo no va a deformar una tarde de lluvia con un corazón pidiendo a gritos un poquito de cariño, cuando no de calma.

Pero ese día sí duró. Nos sentamos en el primer bar de esa nueva vida, y mientras el humo y las palabras nos calentaban los pulmones y el alma, yo me fui calmando y sintiendo cada vez más una persona. Con qué poco te enamorás.

Fueron aquellos días de dormir en casa ajena y despertar el día anterior, cuando todo era nuevo otra vez y cada vez. Prendía un cigarrillo, y el sabor se me mezclaba en la memoria con el olor acre del ozono cuando la lluvia se desliza por el aire. Prendía un cigarrillo y la voz en mi cabeza me preguntaba “¿Te puedo ayudar?”, y a mí la piel me hacía olas.

En una de esas peleas que no te pueden decir más claro que todo se acabó, en vez de irme me quedé por última vez, y claro, nos amigamos y tropezamos en un entrevero de esos en los que perdés la brújula, la gravedad, los latidos te hacen morse vuelta y vuelta por la espalda y por el pecho, un ventarrón te derrumba agarrándote los pelos, te aplasta el cuerpo y lo enrolla como una alfombra, te desteje de a tirones y aún así, en medio del vendaval sentí un clic y casi me muero. “Ay, no” pensé cuando volví a la superficie. “No, por Dios, no ahora”.

El nene me metió por un tubo en mi tercera vida, con una mochila de la segunda que es el precio que tuve que pagar.

Me aguanté el embarazo chito chito, pero una vez que me entregaron la cosa más linda y luminosa del mundo, una vez que me desarmé y no me salían las palabras, ni las lágrimas, ni las gracias al cielo; una vez que lo amamanté por primera vez, una vez que se durmió y lo miré embobada como mil años, una vez que la enfermera se lo llevó para revisarlo a fondo, me levanté como pude, salí al pasillo y pedí por favor un cigarrillo y un café.

Cuando encendí mi primer cigarrillo en nueve meses una semana y dos días, alguien adentro me dijo “¿Te puedo ayudar?” Tardé en reconocer la voz, y cuando me acordé no sentí nada.

Con el tiempo la cosa siguió por el mismo surco. “¿Te puedo ayudar?” preguntaba mi cabeza en el humo de un cigarro “Sí, andate de una vez” le contestaba yo expulsando el humo con fastidio. ¿Cuándo había dejado de llover?

Un día, mientras la chica que me ayudaba a cuidar al nene me limpiaba el living saqué el paquete de la cartera y lo puse en el medio de la mesa.

- Tomá y haceme un favor: guardalo donde no lo encuentre.

La chica me miró como desde ese entonces me ha mirado mucha gente, pero se lo guardó en el bolsillo y nunca más lo volví a ver.

Desde ese día, y por mucho tiempo, no volví a fumar. La voz habrá quedado ahí, acobardada o disfónica, pero lo cierto es que se llamó a silencio.

Dejé de fumar como tanta gente deja de abrir sus cartas, y si bien al principio engordé un poco, a la larga no lo sentí. Me dio pena que fuera tan sencillo desprenderme de una piel que me había acompañado tanto tiempo, dejarla colgada en el perchero de cualquier andén. Eso es lo terrible de las pérdidas: que al final te acostumbrás.

Hoy podría contar esta historia en un programa de las cuatro de la tarde, y tal vez me aplaudirían por una ”saludable decisión”. No es nuevo: la gente cuando no quiere entender, no entiende nunca. Y cuando se hacen los tontos, peor
Humo, dulde humo

No sé por qué he recordado esta historia hoy, después que tantas eras han hecho estragos en mi geografía.

A lo mejor porque tengo sobre la mesa un telegrama, y antes de abrirlo voy a prenderme un cigarro. Si mi vida hasta hoy va a volver a hacerse humo, no viene nunca de más echar mano a una segunda piel.