A mí papá le gustaban los cohetes, las películas con naves a Marte, las maquinitas a las que cuando yo era más chica se les dio a todas juntas por aparecer. Me regaló mi primera calculadora; compraba revistas con diagramas complicados, y se le iluminaban los ojos cuando hablaba de esos temas.
- Romita, mirá: así podría ser una maquina del tiempo.
A mí un poco me interesaba, pero también me asustaba mucho. Yo en ese tiempo era feliz y no me parecía buena idea moverme hacia adelante o hacia atrás. Máquina del tiempo. ¿Porqué no encontrarán como curar el resfrío, digo yo?
Lo que mi papá no llegó a decirme es que las máquinas del tiempo a estaban inventadas, pero para que la gente no se asuste, las llamaron de otra manera: cámaras de foto, grabadores, y cuando mi papá ya no estaba, los videocassettes.
Claro, si vos agarrás y le decís a alguien "vení, que te voy a dejar fijo en un momento que no vas a volver a vivir nunca más, mucho más joven de lo que vas a ser cuando vuelvas a ver o escuchar esto de nuevo", la gente, que no es zonza, raja para el otro lado.
Pero lo peor de todo, lo que a lo último de lo último recién te enterás, es que esos juguetitos no son otra cosa que una manera portátil de llevar la memoria en la cartera. Porque si sos sano, te olvidás de las cosas cuando entran en fecha de caducidad.
Ahí está el tema: yo no me olvido de nada. Mirá que traté de varias formas, y nada. Y cuando te acordás de todo, es como querer meter la compra en una alacena que no vaciaste, y donde los envases vacíos te miran transparentes de inutilidad, y entonces todo se te viene abajo.
El otro día iba con la sobri, y yo no me dí cuenta, pero ella sí, me tiró de la mano y me señaló un local. Estaba con las persianas bajadas y llenas de afiches descoloridos por el tiempo, y encima polvo de la era que te imaginés.
- No me gusta cuando hacen estas cosas con las casas, tita Romu.
Ahí me dí cuenta: era la heladería adonde la llevaba hasta el verano pasado. Cuando miré por segunda vez, a mí tampoco me gustó. Pero no me pude contener.
- ¿Qué cosas?
Me miró con una carita que me agarró con la guardia baja, y cuando me quise dar cuenta se estaba yendo de la niñez, y ya estaba lejos para darle un beso de despedida.
- Que no estén más - lo dijo bajito, porque no se puede poner trompa y decir una cosa así al mismo tiempo. - Yo quiero que estén.
¿Y cómo decirle que yo también quiero que estén, que necesito que estén?
A mi pobre viejo le encantaba imaginar los artilugios por los cuales podría moverse en el tiempo. Cuando yo empecé a salir un poco a la calle y vi de qué se trataba el juego éste, no tuve el coraje de decirle que se equivocaba. Que había que inventar algo que haga que el tiempo no se mueva, que se quede quieto ahí, en ese momento que sentís que está bien y que no es justo que se acabe.

Le apreté la manito y seguimos caminando despacio.
Sí, no había podido despedirla de la infancia. Pero acá estaba la tita Romu para esperarla a que termine de llegar.
| Romualda, Lunes 17 de Julio de 2006 |