Hubo un momento en que no alcanzó un solo sueldo y tuve que salir a trabajar. Yo había hecho algunas cosas antes, pero cosas de estudiante, y para colmo, de letras. Mi papá no estaba muy conforme con que me metiera en una facultad de melenudos y drogadictos, así que me pasaba poco y nada de ayuda, y yo con algunas changuitas me daba vuelta como diputado después de la elección.
Pero con el nene la cosa era otra cosa. Algo sólido como el vacío de la olla a la que me asomaba todos los días a ver si tenía novedades, y nada. Cuando mirás la batería de cocina, la batería de cocina te devuelve la mirada.
Yo miraba la olla, lo miraba al nene, el nene me miraba la teta, y como si le hubiera dado con un martillo de goma en la rodilla, la teta me empezaba a latir. Y mientras lo amamantaba pensaba ”Qué le voy a dar de comer cuando éste empiece a masticar”. Y más pensaba, y menos me quería convencer.
Pimero me busqué algún trabajito medio día que me permitiera seguir con los estudios. Pagaban bastante poco, claro. Y como era mujer, pagaban bastante menos. Al nene lo dejaba con mi mamá, que venía a cuidarlo por la mañana. A clases me lo llevaba a veces; primero lo amamantaba y cuando estaba dormido me sentaba atrás. Era incómodo, pero no me quería convencer.
No me quería convencer, pero mi vida era una rutina de esas que hubieran dejado a los malabaristas del semáforo con la boca abierta. Corría de un lado para otro y cuando llegaba a casa volvía a empezar.
No me quería convencer, pero al final no pude más y tuve que dejar la facu.
He vuelto poco la mirada hacia esos días, y creo que no los lloré lo suficiente. Quizá porque una noche, mientras me pasaba crema por los hombros, noté como una capa áspera que me cubría: me estaba creciendo una segunda piel.
Agarré un puesto de secretaria en una agencia de publicidad. Era un trabajo de escritorio, pero en los ratos libres me llegaba por el fondo y miraba a los dibujantes y a los que armaban los avisos con maravilla y delectación. Al final era secretaria y correctora de textos, pero ganaba como secretaria nomás, así que cuando conseguí algo mejor pago no tuve que pensarlo mucho para dejarme ir.
Entré a una empresa que se estaba formando, pero había mucho trabajo por hacer, y las horas extras se transformaron en un alquiler más grande, con vista al cerro desde el balcón. ¿De qué trabajaba? De mujer orquesta o según quién me buscara. ”Vaya a verla a Romu, la de compras”. “Comuníqueme con Romualda, la del escritorio de atrás”. “¿Está la señora esa que con la mirada me dice todo?”
Es curioso como una cosa tan árida de definir como el trabajo que te alimenta, termina siendo el árbol alrededor del cual edificás tu comedor. De ser la estudiante que un día amaneció con un bebé al lado y un nudo en el pecho, pasé a ser la señora que resolvía problemas de administración, la que daba salida a los cobradores indeseables, la que ponía las orejas al servicio de las cuitas de los que esperaban que algún capo les permitiera pasar.
El trabajo ese en el que pasé a figurar en el inventario, me modeló más que los sueños que lo antecedieron y me cavó más profundo que ninguna decepción.
Desde atrás del escritorio que me tocó en suerte vi pasar los años en que la plata crecía entre las hojas de los árboles, y las épocas en que un billete se volatilizaba en el aire apenas lo sacabas de la cartera.
Vi pasar gente, tanta gente, que al final terminé por no hacerme amiga de ninguno, para no tener que aprenderme el nombre de alguien que pasado mañana se iba a ir. Me miraban raro, pero a distancia. Claro: cuando me levantaba de la silla, la piel, que ahora tenía consistencia, hacía ruido de caparazón peligroso y supongo que se debían asustar.
El resto, pura cinta tranportadora: inicio de año, compras, pago de sueldos, licencias, balance, feriados, vacaciones y vuelta a empezar.
Cuando hace un par de años, en medio de rumores de compra, nos licenciaron unos días a mitad de año, una corriente de paranoia se instaló.
Después la rutina volvió a ganarnos por cansancio, y en eso estábamos hasta hace unos días, que el portero me entregó un telegrama, que nomás tocarlo me dio como electricidad.

No soy la única, claro. En realidad a casi todos nos llegó. Por teléfono me dicen que no me preocupe, que nos van a pagar hasta el último peso, e incluso un poco más de lo que marca la indemnización. Yo les contesto con un poco de cansancio que si no es así los que se tienen que preocupar son ellos, los que me conocen y los que me van a conocer.
Pero son sólo palabras, sonidos por llenar un aire cuyo espesor se me escapa en medio de algo medio difícil de explicar. Los que me vean acá, echada en el sofá, mirando cómo el viento de antes de la lluvia mueve la cortina del balcón con vista al cerro, podrán pensar que es abatimiento. Yo la verdad es que no sé.
No sé quién va a ser a partir de ahora esta mujer orquesta, la del escritorio de atrás, la que los cobradores evitan y los proveedores intentan convencer de que ofrecen algo nunca visto, la que habla poco con los empleados nuevos por temor a encariñarse con alguno que se va a ir.
No sé qué va a ser de esa mujer que con la mirada dice todo desde un escritorio que ya figura en un inventario en el que yo no existo. No sé qué voy a hacer con esta piel que no taladra ni una punta de diamante, ahora que tenga que meterme adentro a buscar la que yo era antes de haber sido la que ya no soy.
| Romualda, Martes 08 de Agosto de 2006 |