Dime cómo te vendes y te diré cuánto vales


No junto coraje para arreglar el armario, y me tengo que sentar a actualizar el currículum. Sí, suena como chiste de programa de humor de tele abierta. “Vení que actualizamo el currículum.” Maldita la gracia que me hace.

Cuando sos joven y tenés que armar tu primer curriculum, metés todo lo que hiciste. Si repartías volantes en la peatonal, escribías algo así como "experiencia en el área de distribución de marketing directo". Si lo ayudabas a un tío a atender el mostrador del negocio, "especialización en intercambio y relaciones humanas". Si le hacías los mandados a tu mamá, "planificación y desplazamiento de mercadería".

Todo, ponías absolutamente todo, lo floreabas y no llenabas una hojita.

Claro: con veinte años, un vestidito ajustado y una sonrisa que se caía en el momento justo te daba mucho más pedigrí que si la carpeta del curriculum hubiera estado repujada en cuero.

Después que entraste a trabajar, y pasado el periodo en el que todos te miran con el microscopio, los tipos evaluando si se tiran a la pileta y las mujeres cuchicheando por lo bajo, te das cuenta que el curriculum es lo más ridículo que hay.

Es como esos vendedores que te caen de traje inflando plumas como jefes del gallinero, y al rato de estar sentados frente tuyo van desinflando el pecho, ablandando las facciones de la cara, y mientras los pulmones se convierten en panza y la mirada se les fija con una tachuela, vos te das cuenta que el cuello de la camisa está raspado, al borde del pantalón le cuelga un hilo, la media se le bajó y se le ven los canutos de la pierna.

Ahí recién lo empezás a valorar: si con semejante catálogo en contra, el tipo sigue al pie del obús, debe ser porque sirve para lo que hace.

En lo que demora la fotocopia del curriculum en desteñirse, tu vestidito ajustado te empieza a acosar de sisa, los tacones se van limando en tacos y la peluquería queda para el sábado a la tarde una vez que largue los pañales el nene. Todo lo sólido se desvanece como el aguinaldo y vos te vas volviendo eficaz en lo que te toca hacer. Ahí, ya con los velos caídos, la gente entiende por qué el escritorio ese está ahí, con vos atrás atrincherada.

Ahora ¿qué es lo que hacía yo atrás del escritorio? Si me lo preguntás en un día que no sea hoy, preparo un té, armo la pizarra, y con mucha paciencia te explico y hasta cuadros sinópticos te hago.

Pero para el curriculum que tengo que actualizar esta tarde que se va haciendo noche, es una fecha de entrada, una de salida, el nombre de la empresa y en el medio nada.

El curriculum a mi edad es un espejo maldito pero confiable por lo sincero. Lo mirás y te dice : "No nos engañemos, Romu. Empleada administrativa y basta. Con ese número de DNI ¿qué mas tenés para ofrecer?". Es casi como cursar un master, pero en formato extinción de dinosaurios: un tremendo aprendizaje evolutivo en menos de un pestañeo.

Hoy lo más parecido al vestidito ajustado, por lo llamativo, sería una de esas batas a lo Demís Roussos. La sonrisa, la última vez que la dejé caer, rodó abajo de un mueble de esa oficina que ya no existe.
espejo

Afuera se ha puesto oscuro, y he terminado por escribir "Si quieren saber de mí, pregunten a los que me conocen". Pero tampoco creo que lo mande.

A veces una era se acaba y te enterás de esa manera. No hay tormentas bíblicas, edificios que caen, repliegues geológicos, sacudidas o estruendo. Sos vos mirando un papel y el aire que ni se atreve a tocarte.

No más que un silencio sereno en el espacio que acostumbraba ocupar la decepción