En lo que dura este intervalo entre trabajos - ah, sí, me he puesto re-optimista. "Entre trabajos", como cuando era joven decía "entre novios" - he vuelto de alguna manera a mi primera juventud.
Sí: una de las cosas que mi mamá me mandó a estudiar, para mantenerme motivada y sumar puntos hacia un venturoso porvenir, fue aquel cursillo veraniego de la Pitman. Bah, en realidad me llevé física y matemáticas a marzo, y para que no me olvidara y no se repitiera me mandaron un febrero enterito a teclear.
Mejor que mi madre no se entere, y si el nene le chusmea lo mato. Cuando le cuenten se va a partir de la risa: a las sesenta palabras por minuto ahora les está sacando el jugo el Word.
Empezó de casualidad. Una compañera del último trabajo me cayó una tarde a que la ayudara con el curriculum. Lo que iba a ser corrección ortográfica se transformó en retoques de sintaxis, a mitad de la tarde derivó a revisión de estilo, y a eso de las ocho de la noche los papeles de esta chica ya exhibían méritos para concursar como gerente de la Coca Cola.
Este es un país chico y las noticias vuelan. Un par de días después me trajo unos papeles del trabajo del marido para una presentación. "Cómo no, querida, es tanto por hoja" le contesté, porque una cosa es un favor y otra que te tomen para el churrete. "Y si además me retocás el Powerpoint ¿cuánto me saldría?" me contestó. Como vi que había ánimo para el chiste, le tiré el primer número grande que me vino a la cabeza, cosa que ella se riera, yo me riera, cambiáramos de tema y nos tomáramos un té. Pero no. Me miró seria y me dijo "Ahá. ¿Y cuándo puedo pasarlo a buscar?"
Lo senté al nene a que me diera un curso intensivo de Powercoso, y para la medianoche ya me le animaba a torearlo hasta a Bill Gates. Para qué. Parece que es como dicen, que un trabajo trae otro. Una memoria descriptiva llama a un balance; a una monografía le sigue una carta de presentación, suma, sigue y acá estamos, por el tiempo que vaya a durar.

Y así, sin darme demasiada cuenta, entre textos que me son indiferentes y música que no me cuenta nada, voy avanzando hacia la madrugada como el último colectivo a ninguna parte. Una maratonista nocturna que recorre en círculos la encrucijada entre la carrera de letras que no terminé y la empleada administrativa que fui, cargando al hombro el castigo de un verano de adolescencia por llevarme a marzo matemáticas y física.
Cuando el sol está amagando con salir apilo todo hasta la noche siguiente, le dejo el desayuno preparado al nene, cierro las persianas y la puerta de mi pieza y mientras me voy durmiendo, ya a medio desvestir, me caigo en la cama hasta eso de las dos.
A veces sueño.
| Romualda, Martes 28 de Noviembre de 2006 |