Ayer estaba llenando el termo de café para otra trasnoche de tipeo, y va y suena el teléfono.
- Buenas, ¿usted es la que corrige textos?
Voz de varón. Me pilló en frío, y eso que hacía un calor de aquellos.
- Depende ¿usted es de la RAE?
O contuvo la risa o se sofocó. El hecho es que sentí un ruido rarísimo del otro lado del tubo.
- No, mire: a mí una amiga me dio su teléfono porque dice que usted le mejoró unos escritos y la hizo quedar muy bien en su trabajo.
Llevé el termo a la mesa, prendí la pecé, acerqué la lamparita.
- Ah, sí. Es la historia de mi vida. Yo trabajo como una burra y el mérito se lo llevan los demás.
Del otro lado se escuchó un chasquido, un crepitar, una exhalación. Saqué un cigarrillo y lo prendí.
- Bueno, me gustaría encontrarme con usted, porque tengo unas cartas que necesito que me mire.
Cartas. ¡Cartas! Caramba.
- ¿Cartas? mire que yo de tarot nada ¿eh?
Del otro lado se oyó una expiración entrecortada, una risa escondida entre los pliegues del humo.
- No, no. Cartas, epístolas. Cartas de correo. Necesito que les eche una ojeada antes de mandarlas. ¿Puede ser?
No sé si me gustó la voz, la risa que no se terminaba de mostrar o qué, pero algo adentro y abajo me dijo "sí, Romulita, metele pata".
-Sí, como no, Usted dirá a qué hora que no sea ésta le queda cómodo.

- ¿Le parece a eso de las seis de la tarde en Perigardé?
Por primera vez en un tiempo largo y tapizado en papel de lija, me quedé en silencio y no me sentí mal.
- Perdón, quiero decir... - empezó a corregirse.
- Deje, deje que lo entendí. - sonreí a la noche que estaba arrancando. - A las seis en Perigardé.
Colgué el teléfono, salí al balcón, di una pitada, miré el cielo. Estaba descapotado, con estrellas como para regalar. "Mañana va a hacer un calor bárbaro", pensé. Pero mañana quedaba en otro planeta, y esa noche la cortina iba a guiar en dirección a mi rostro una brisa fabricada sólo para mí.
| Romualda, Viernes 01 de Diciembre de 2006 |