Una historia de esta época del año


Veníamos con la sobri como podíamos en medio del río de gente que por estos días se descuelga de los barrios y llena las calles del centro con olor a ser humano que se bañó anteayer. Yo vivo relativamente en el centro de la ciudad, o sea que el centro es mi barrio. Pero basta que el calendario cante diciembre 24 para que por mi barrio no se pueda caminar.

Digo yo ¿por qué no sale un candidato a intendente proponiendo pasaporte por barrio y aduanas en las avenidas? Yo conozco más de cuatro que lo votamos, le llenamos la ficha y hasta le hacemos de fiscal.

Además de oliente, la gente suele aprovechar el espíritu navideño para ponerse más desagradable que lo que la propia especie ya permite. Te pasan por encima para ganarte la mesa de un bar, te sacan de las manos hasta el diario para regalárselo a la cuñada, gritan por el celular, tironean a los chicos que se salen de sí de puro pánico a la multitud, en fin. Una belleza tras otra.

Yo por lo general compro mis regalos durante el año. Ponéle que un dieciséis de julio veo algo que me gusta para el nene, ahí nomás me lo agencio y lo guardo en una caja que tengo en la parte de arriba del armario. Si el atorrante hace méritos hasta estas fechas, ya tiene regalo. Si no, queda para el año que viene. Con esto evito dos cosas: la primera, que me metan en la cinta transportadora como a perro de experimento. La segunda, tener que bajar a la calle cuando se le levanta la veda a la estampida.

Pero resulta que a la sobri le agarró un antojo de último momento, y vieron cómo es eso. Si no le hacés caso a lo que te pide, hay que aguantarle la cara de caniche recién llovido, cuando no te hace el día de mañana un complejo de algo y después viene un sicólogo y te echa la culpa.

Así que ahí vamos en busca de la muñeca que viene con bata de baño, cepillo, patito y bañadera, y ahí estamos, remando en medio de la turba de las 4 de la tarde en la juguetería del shopping, con 423 grados a la sombra de un ventisquero, y ahí a la sobri empieza a agarrarle una mezcla de impaciencia y sed y a mí me empieza a bajar la presión y a subir la mostaza.
compras

Le di la manito a la sobri y me subí al bar del entrepiso a esperar que bajara la marea. No habíamos terminado de pedir un jugo de naranja y una lágrima cuando se vino la noche. Prefiero pensar que oscureció más temprano y no que era un presagio del futuro, porque la cosa se puso negra, pero negra de verdad.

No sé si primero escuché "¡Los fusibles!", el griterío de pánico o las corridas, pero lo cierto es que la sobri me agarró fuerte del brazo, y después se me trepó al cuello como un animalito que huele que el bosque se le incendia.

Le acaricié la respiración entrecortada tratando de calmarla. Estábamos sentadas en una isla en medio de la oscuridad, con una tropilla desencajada y gritona que corría de acá para allá buscando la salida, puteaba a los dueños del local y pedían a los gritos que se respete la huída por número.

- ¡Me tocaron el culo! - gritó una voz de mujer, fuera de toda escala de alarido. - ¡Vengo a comprar un triciclo para mi hijo y me tocan el culo, señor! ¡Adónde se ha visto!

La sobri se empezó a reir, mientras de fondo se sentía una música de carterazos y tipos que protestaban a viva voz que se aprovecharan del corte de luz para adjudicarles semejante mal gusto. A los carterazos le siguieron cachetadas, insultos para ruborizar marineros - le tapé los oidos a la sobri - , y todo esto mientras los búfalos seguían en estampida a lo largo del local, trepando por las escaleras y manoteando las entanterías.

Cuando la luz volvió, hacía un rato que el silencio se había adueñado del local. Bajamos en medio de un Sarajevo de zapatos abandonados, bolsas tiradas en cualquier parte, algún resto de comprador desmayado y los juguetes abandonados por el suelo. De una pila cerca de la escalera levanté la muñeca que buscábamos, ayudé a levantarse del piso a la cajera, pagué y salimos a la calle. A lo lejos el cielo se veía encapotado. Pero no daba señas de que fuera a llover.