Los idus de enero


¿Cuándo se terminaron las vacaciones?

Hacé de cuenta que te levantás un día cualquiera de la cama y te enterás que ya no es lunes porque los lunes hace tiempo que no existen. Mal ejemplo: sería una bendición que se decrete ilegal ese día maldito. Pero ponéle un martes. Te despertás y es miércoles. Los martes se acabaron, se discontinuaron y no nos queda stock. ¿No te daría por lo menos un poco de curiosidad? A mí me está pasando ahora, que me doy cuenta que es enero, es verano, hace calor, pero no tengo vacaciones. No tengo vacaciones nunca más.

Las vacaciones eran esa promesa brillante que duraba tres meses y ni un día menos. El 30 de noviembre te abrían la puerta del año y salías corriendo a un recreo verde y espumoso que no te iban a quitar hasta el último minuto del domingo anterior a volver a las clases. Verano y vacaciones eran distintos nombres de la misma fiesta. Ni calor hacía; cuando sos chica el calor es esa cosa que tumba a los viejos en las camas de la siesta mientras vos te escapás a la terraza o salís a todo lo que da a dar la vuelta a la manzana en bicicleta.

Ahora, como esto es Argentina, en algún momento empezó la devaluación. En el secundario me agarraron un pedazo de diciembre y para destinarlo a exámenes. Ahí tendría que haberme dado cuenta, decir algo, denunciarlo a los gritos. Pero como no me llevaba materias, no me importó.

En la facultad, por el poco tiempo que estuve, me saquearon febrero para las mesas de los libres o los rezagados. Mirando hacia atrás no entiendo como no hice una pancarta; por qué no me encadené en huelga de hambre - que por otro lado me hubiera venido bien - o a los pataleos. Pero como llevaba el cursado año por año, tampoco me importó.

Después vino el nene, y con el nene la necesidad de trabajo. Ahí el tiempo como lo conocía terminó diluido con las lágrimas en el desague de la bañadera, con los pañales colgados en la cocina del monoambiente, con las rutinas de la resignación.

Lo que empezó como tres meses de helado, pileta y la vida allá lejos y cargada de regalos se terminó travistiendo en un escalafón. Primero siete, después quince días hábiles y veintiocho cuando te diera la antiguedad. ¡La antiguedad! ¡Para que te fueran devolviendo los días tenían que declararte una antiguedad! En ese punto la cosa era conmigo, pero ya era tarde para acordarme de la libertad.
vacaciones

Este año estuve viendo adónde podía escaparme aunque fuera una semana y si fuera posible llevándome a la sobri. Por acá cerca, nada excepcional. Cuando vi los precios casi se me retira el período de la impresión que me dio. Da más o menos lo mismo la noche en un hotel cualquiera a la vuelta de mi casa, que un crucero por la costa azul. Lo que no te sacaron de tiempo a lo largo de la vida, te lo ponen inalcanzable en plata, y acá estamos. Aguantando calladitos en una era en la que las vacaciones ya no existen más.

A veces me levanto por las noches, en medio del calor que me tumba en las camas de estos días, prendo un cigarrillo y salgo al balcón. La ciudad a esa hora respira otro silencio: el vacío que deja la gente que no está, los que se fueron de paseo a algún lugar.

Tal vez sea ésta la versión del descanso anual cuando te acercás a otras edades de la vida. Hacerte amiga del silencio de los ausentes, mirar por la ventana cómo se desenrolla sin obstáculos la tarde, caminar sin sobresaltos por el espacio que dejan vacío las patas de aquellos que se fueron al mar.

La vida es así. Si aguantás lo suficiente como para ganarte un refresco, te sientan en un rincón y te ofrecen un té. Con este calor, un té.