Con un pie en cada estación


Durante febrero mi hermano agarró un trabajo temporal afuera, metió un bolso con ropa en el baúl del auto y partió dejándome la sobri por todo el mes.

¡Hay que entretener a un chico en vacaciones! Vienen con el chip motivacional pegado en algún lugar del cuero cabelludo, y no bien se levantan de la cama te tironean para que los saques a "hacer alguna actividad".

Yo de mil amores me la hubiera llevado de vacaciones aunque fuera una semana a algún lugar bonito. Algo a lo mejor cerca, pero por lo menos con un río, alguna plaza para alquilarle paseos a lomo de caballos cansados, chicos en las veredas de la tarde con los que se hiciera de amiguitos para jugar.

Hice las sumas, las restas y hasta me interné en los logaritmos del presupuesto, pero no hubo caso. No me alcanzó. Y ya que irme no podía, por lo menos me iba a quedar a lo grande. Así que me saqué el mes en la pileta en un hotel que se las da de bacán, y ahí vamos con la sobri a mojarnos las patas y tomar sol entre viejas chetas y chicos que se cartean por celular.

Claro, este año el verano se vino con un plan histérico de esos que te pongo el sol, pero al rato te coloco una nube, en 15 minutos te soplo la nube y atajáte que en la próxima hora me largo a llover. Ya enero había pasado por casa convencido de que iba a reencarnar en una navidad blanca y se ve que febrero no quiso quedarse atrás.

Cuando el clima quiere joderte, nena, no hay meteorólogo que alcance, ni Weather Channel que le siga el tren. Lo que primero fue motivo de fastidio de la tía y la sobrina, al final terminó por formar parte de un juego entre las dos. "¡Vamos, nos metamos rápido al agua y hagamos una carrerita a ver si llegamos antes que las nubes!" "¡Ahora, tita, metete ahora que se escapa el sol!" "Mirá que cara de marmota que tiene esa nube que nos quiere jorobar la siesta. ¡Igual no nos vamos, nube!"La nena se despatarraba de la risa.

Con tanto juego de luz y sombra la gente terminaba por tomárselas, y quedábamos las dos solas, en silencio, sentadas en el borde de la siesta, acariciando el agua con la punta de los pies y haciéndonos confidencias de mujeres grandes.

La sobri está enorme. Cuando menos cuenta me de, me va a cambiar por las amigas que la vida ya le está preparando y se acabaron las salidas al cine, la guerrita de almohadas, y el "¡mirá tita Romu cómo me tiro del trampolín!"

Ella fue la que durante esos días preparó el bolso, metió adentro las antiparras, el entusiasmo, el gorro de goma, las toallas y la pantalla solar. Cuando volvíamos me daba las cosas mojadas, las cambiábamos por otras nuevas, y dejábamos el bolso listo para el día siguiente.

Así se nos pasaron las semanas, entre medio del ballet climático y un aire de languidez que se cortó con la última tormenta. Que parece fue un éxito porque duró como tres días.

No nos pudimos despedir de los días de pileta; el frío saludó por nosotras. Mi hermano volvió con la nariz pelada y un poco de tranquilidad en el bolsillo para un par de meses. La sobri empezó la escuela y yo volví a las rutinas de la casa y el trabajo ocasional.

Ayer entré a la pieza que ocupa la nena cuando viene de visita, a guardar ropa blanca en el placard. En la cama todavía estaba armado el bolso de ese último día que no fue. Lo abrí, saqué las toallas y las puse en el estante de arriba. Las antiparras las guardé en el cajón de encima de los juguetes, la pantalla solar fue al botiquín del baño y al bolso lo plegué en dos y lo acomodé en la gaveta de las colchas.

Y en ese momento se terminó el verano.
gaviota

Ahora ya es de noche en el sillón de mimbre del balcón. La sobri me llamó para contarme de los primeros días en el colegio nuevo, que parece que hay un compañerito que le hace caída de ojos con intenciones de arrastrarle el ala. Una de estas tardes me paso a buscarla y lo miro fijo un rato al galán para que vaya entrando en razón.

Hace un rato el nene y Leti volvieron de pasar unos días en un camping en la montaña. Les hice de cenar, los escuché contarme sus andanzas, ellos se ocuparon del café y yo levanté la mesa y limpié la cocina. De su dormitorio me llegan ahora risas y música apacible.

La noche se ha puesto templada; no sería mala idea dormirse acá. Estirar los pies y sentir la caricia del agua en las yemas del recuerdo. Entrecerrar los ojos para escuchar los secretos que me cuenta mi sobrina, antes que el sol se oculte, los años la lleven por historias nuevas, el viento mueva la cortina y empiece el otoño una vez más.